La semana anterior tuvo lugar en Bogotá el Congreso Internacional “Corrupción, flagelo mundial”, organizado por la Contraloría General de la República en el marco de la conmemoración de los 90 años de existencia de dicha agencia de control fiscal.
El tema de la corrupción en el sector salud se abordó en el último día del citado evento, y tuvo como expositores al exministro canadiense de salud Marc Lalonde, al exministro español Luciano Parejo Alfonso y al miembro del Consejo de Presidencia de la Justicia Administrativa en Italia, Luciano Vandelli, tocándome el honor de moderar el panel correspondiente.
Fue muy importante evidenciar cómo la corrupción en general, y de manera especial en el sector salud, se constituye en un factor obstáculo de desarrollo económico, impide el goce de un derecho fundamental, genera inequidad con la afectación consecuente de la calidad de los servicios de salud y obviamente de la misma salud de las personas.
A través de la experiencia y las reflexiones presentadas por los ilustres expositores, quedó comprobado que la lucha contra la corrupción debe ser una necesidad constante en procura que los recursos de la salud de origen público lleguen a convertirse en más y mejores servicios de salud, logrando evitar la aparición de enfermedades que son prevenibles y permitiendo que las personas sanas lo sigan siendo y estando.
La experiencia de Marc Lalonde, quien ha ocupado cuatro carteras distintas como ministro de estado canadiense y que cuando pasó por el ministerio de salud diseñó el actual modelo de atención sanitaria de ese país, modelo que es mundialmente reconocido y ponderado, ilustró cómo cuando un país estructura unas políticas públicas de salud pensando en lo que le conviene a su población, se pueden conseguir muy buenos resultados tanto en la calidad de vida y la salud de las personas, como en otros componentes de la rentabilidad social e inclusive en las propias finanzas públicas de ese país.
El ‘modelo Lalonde’, estructurado sobre la base de la integración de los hábitos de vida, el medioambiente –incluyendo el social–, la biología humana y la organización de los servicios de salud, permite probar cómo las prácticas insanas de las personas cuando se intervienen con adecuadas estrategias de salud pública, se logra mejorar la expectativa de vida de las personas, la productividad económica del país y la disminución de los costos generados por las atenciones de alto costo.
Obviamente, este modelo requiere de forma obligada que el gobierno reasigne la distribución de los recursos públicos de la salud, redefiniendo las prioridades de salud pública y redefiniendo el presupuesto para atender dichas prioridades, lo que implica una asignación muy importante dentro del presupuesto total de atención en salud, para las acciones de promoción de la salud, prevención de las enfermedades y educación sanitaria.
Este modelo de igual forma requiere que no haya corrupción ni negligencia ni ineficacia en el sistema, pues exige ejecución presupuestal plena, pero con generación de impacto positivo frente a las expectativas definidas en las prioridades de salud pública del país. En ese orden de ideas, el modelo no admite corrupción, lo que significa que no pueden destinarse para fines distintos los recursos que han sido asignados y entregados a los diferentes operadores de los mismos: los recursos son de la salud, son para la salud y solo para la salud.
Se requiere, pues, que Colombia misma sea la que defina el sistema de salud que más le conviene, que exista transparencia en la operación de los diferentes actores intervinientes en el sistema (los que regulan, los que financian, los que aseguran, los que prestan servicios, y los mismos usuarios), tener excelentes controles, escogencia técnica acertada de los responsables de la operación del sistema y excelente gobernabilidad, todo eso traduce en ‘cero corrupción’. Ojalá que en este proceso de reforma sectorial que vive nuestro país, Colombia referencie modelos exitosos de sistemas de salud y no pretenda inventar lo que ya se inventó… y se equivoque otra vez.
Por Ulahy Beltrán López
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