Entre las acciones necesarias que se tienen que emprender para mitigar los efectos nocivos de la intervención de la humanidad en la naturaleza se están creando impuestos a ciertas actividades que perjudican en gran manera el planeta. Se conocen como impuestos ambientales o verdes, implementados con un fin plausible que no es otro que la disuasión golpeando lo que más duele a las personas, el bolsillo. Es claro que las campañas publicitarias, las evidencias sobre las consecuencias del perjuicio causado al ambiente no lograron el efecto esperado en las décadas pasadas, porque se piensa que eso del cambio climático no es algo que nos pueda afectar y se considera que es tarea de los demás, a pesar de los estragos causados por huracanes, desbordamiento de ríos, deslizamientos de tierra, sequías, etc.
Por eso, crear medidas bajo la premisa que quien no es consciente del impacto provocado por sus acciones debe pagar, en principio es positivo, el problema radica en los destinatarios de esos tributos. La inconformidad del ciudadano al pagar los tributos no es infundada. Los altos niveles de corrupción en las entidades públicas hacen pensar que el esfuerzo hecho para la tributación llega para el goce de unos cuantos especializados en desangrar el erario. Por eso es que preocupa que con esta nueva imposición no se haya definido su destino, lo que lleva a pensar que si se creó para evitar una mayor proliferación de bolsas, difícilmente la inversión de los dineros tenga esa misma meta.
@WilsonRuizO




















