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El titulo es:Pequeñas causas | “Yo solo quiero que me paguen mi plata”

Pequeñas causas | “Yo solo quiero que me paguen mi plata”

Francisco está “muy endeudado” y esa mora, por distintas razones, ha pasado ahora a manos de sus hermanas. Ellas rechazan ese compromiso e interponen una querella que da paso a otros dramas.

Josefina Villarreal
Josefina Villarreal
Imagen que ilustra el momento del pago de una deuda en un barrio popular de Barranquilla. Josefina Villarreal
Por: Ivonne Arroyo @ivonnearroyom

Temas tratados

Francisco está “muy endeudado” y esa mora, por distintas razones, ha pasado ahora a manos de sus hermanas. Ellas rechazan ese compromiso e interponen una querella que da paso a otros dramas.

En un pequeño y viejo cuarto de una casa en San Roque descansa Francisco, enfermo y adolorido. Lo que se sabe de él es gracias a sus hermanas y sus vecinos, pues ha sido citado para rendir cuentas, muchas cuentas, y por algún motivo desconocido, a la citación han llegado todos menos Francisco. Lo esperaron hasta el final de una audiencia policiva que duró más de dos horas.

Cecilia y Tomasa son sus hermanas, ambas muy señoras, que en un acto de miedo, pero también de valentía, interpusieron una queja ante la Inspección diecinueve de Policía Urbana. Lo hicieron, cuentan, porque el mismo Francisco les advirtió que si no pagaban sus propias deudas llegarían los cobradiarios a amedrentar la casa. Que ha recibido amenazas y que estos serían capaces de cualquier cosa con tal de recuperar su dinero.

En esa casa, además de Francisco, viven los sobrinos de Cecilia y Tomasa, que son niños pequeños. Así que a ellas las espanta la idea de que alguien arribe a ese hogar y les haga algún daño. Sin conocer quiénes son los supuestos infractores, ambas asisten a la audiencia liderada por la inspectora Ramona Santiago. Son las 9:30 a.m. del jueves 28 de marzo.

Santiago recibe a Cecilia, la primera en llegar, es un pequeño despacho de la antigua Alcaldía, que comparte oficinas con otra inspección —la 23— y que no tiene sillas suficientes para los citados. Ni aire, ni espacio adecuado. Cecilia tiene las gafas de sol sobre la cabeza y un gesto fruncido permanente. Se sienta en una de las únicas dos sillas disponibles, al frente del escritorio donde se realizará la audiencia y, a su lado, se ubica un joven moreno, erguido, de camisa blanca y perfectamente planchada. Es uno de los cobradiario, que luego cederá su lugar a la otra de las hermanas.

Tomasa hace muecas todo el tiempo, como si le asombrara el aspecto de los acreedores, que son dos. Además del joven Camilo, ha aceptado la citación Sonia, una rubia con aretes grandes en forma de corazón. Santiago propone esperar unos minutos, pero en vista de que falta uno de los citados, el más importante, da inicio a la audiencia. Todos la escuchan callados y ella lee los hechos que llevaron a la querella.

“Hace un mes nos enteramos que Francisco estaba haciendo malos manejos de nuestro patrimonio, endeudándose con diferentes entidades y falsificando documentos para acceder a créditos personales y, no conforme con esto, se metió en varios pagadiario que están amedrentando con atacar el inmueble y las personas que lo habitan. Quiero dejar constancia que ninguna de las hermanas (Cecilia y Tomasa) hemos hecho negociaciones con Camilo ni Sonia, ni con ninguna otra persona (…) Además el señor Francisco tiene una mala conducta: anda en paños menores y tiene mal vocabulario, obsceno y muy fuerte. Se porta de manera déspota y tiene a la familia en un colapso nervioso”.

Los acusado

Sonia, la de los aretes brillantes y gigantes, interrumpe a la inspectora para aclarar que ella “jamás de los jamases” ha ido a amenazar a nadie. Santiago le pide paciencia, pues ya llegará su turno para defenderse.

Mientras tanto, anuncia una medida de protección proferida contra Francisco. 

Las hermanas se miran entre ellas y reparan por completo a Sonia, que asegura que no es ni cobradiario, ni pagadiario, ni prestamista, ni nada que se le parezca. 

“Yo nunca he ido a esa casa. No sé de qué color es la puerta de allá, siempre Francisco llegaba a la mía para pagarme $40.000 diarios. Yo lo que quiero es que me paguen mi plata, pero yo ni lo amenazo, ni lo visito. Lo que sí me dijo es que esté tranquila que sus hermanas me pagarán la plata: son $700.000”, dice Sonia, que reconoce haber hecho negocios con Francisco desde hace un año. 

“Y aclaro que Francisco nunca me quedó mal… me ha quedado mal ahora porque ellas (las hermanas) le quitaron su negocio ¿cómo hacía sus negocios? no tengo idea”, agrega mientras se apoya en la mesa.

Momento de la audiencia policiva por las deudas de Francisco.
Momento de la audiencia policiva por las deudas de Francisco.

Camilo, por su parte, se mantiene de pie, callado, y espera su turno para seguir… callado. El joven estudiante del Sena, comerciante de queso, había recibido una jugosa cantidad de dinero de sus padres para sostenerse mientras estudia, hacer inversiones y generar algunas ganancias. En vez de esto, Camilo confió en Francisco y le entregó su dinero.

Esta historia, sin embargo, se conoce, no por Camilo, sino por su abogado, a quien le cede el poder de la palabra. El hombre se agarra de su mochila y comienza a formular preguntas y a desplegarse en un discurso que defiende varios puntos. Primero, que Camilo no conocía a las hermanas antes de este proceso, por lo cual sería “imposible” que estas recibieran amenazas; que Francisco ha sido conocido en el sector como copropietario y administrador de la casa en mención, razón por la que Camilo decidió fiarse y, finalmente, que Francisco había dejado claro que sus hermanas se encargarían de pagarle la deuda, teniendo en cuenta que este hombre se encuentra enfermo y que ya no maneja el “negocio” familiar. En la casa de San Roque se alquilan piezas y, aunque Francisco estuviese a cargo, los dineros recaudados son divididos en partes iguales entre los hermanos.

¿Cuánto le debe Francisco a Camilo? ni el abogado ni el joven quieren decirlo. “Eso es entre él y yo”, es la consigna de Camilo. 

¿Y Francisco?

Camilo, Sonia, Cecilia y Tomasa, todos repiten el mismo nombre. Francisco, Francisco, Francisco. Después de escuchar todas las partes, la inspectora vuelve a preguntarse qué ha pasado con el hombre. De él solo se sabe que está enfermo, endeudado, y ahora, señalado por su familia y fiadores.

¿Alguien sabe por qué se endeuda?, ¿en qué gasta el dinero este hombre?, ¿qué enfermedad tiene?, ¿por qué no asistió a la audiencia?, todas esas preguntas solo podrían ser respondidas por Francisco, así que durante el proceso nadie las resuelve. 

Ramona Santiago, la inspectora, suspira rendida porque sabe que esta vez no hay conciliación. Por una parte, las hermanas deben conciliar con Francisco y, por otra, Francisco con Camilo y Sonia. Aunque es consciente de eso, pregunta a todos a qué estarían dispuestos.

Las hermanas, cruzadas de brazos, le confirman que no tienen ni medio peso. La casa se está viniendo abajo, no han pagado los impuestos desde hace años, a duras penas tienen para el día a día y, como cereza, para ayudar a que Francisco se recupere. 

Los fiadores, que llegaron a la audiencia creyendo que era para resolver la deuda,  se mantienen en su posición. Uno de ellos, Camilo, tiene un título de valor. Pueden llevar a su moroso a una conciliación, pero advierte la inspectora, “no pueden ir a cobrar a otras personas, ni hacer amenazas”. A esas alturas, a las 11:30 a.m., nadie reprocha eso. Francisco recibirá una nueva citación pero por ahora, cada uno regresará a sus casas… sin plata.

*Los nombres de los protagonistas de esta historia fueron cambiados a petición de ellos para proteger su identidad.

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