A las 10 de la mañana, en medio de una reunión de trabajo, Grace Carrillo no estaba pensando en lo que decían, sino en si ya pasó demasiado tiempo desde la última vez que fue al baño. Se cruzaba las piernas y revisaba discretamente su ropa.
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Y entonces calculaba cuánto tiempo podía esperar antes de levantarse sin llamar la atención. Estaba atravesando su segundo día de período, uno de los más críticos y en los que el flujo se vuelve más abundante.
En el transporte público evita sentarse en asientos claros. En la oficina prefiere ropa oscura. Cuando se levanta, mira primero la silla. Cuando camina, lo hace con cautela. Y si no puede ir al baño cuando quiere, la ansiedad empieza a subir.
“Es una sensación tan incómoda porque a pesar de que sepamos que nos estamos protegiendo bien, existe el miedo cada vez que sentimos que algo baja y yo empiezo a preguntar a alguien de confianza cuando camino para poder avanzar segura”.
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Esa experiencia tiene un nombre y es hipervigilancia menstrual, traducida en el monitoreo constante del cuerpo durante el período, marcado por el miedo a mancharse o a tener un accidente visible.
Esa vigilancia genera un microestrés silencioso. No detiene el día, pero lo interrumpe. Reduce la concentración, cambia la forma de moverse y afecta el rendimiento en tareas simples.
“Me pasa exactamente lo mismo. De hecho no conocía el término, pero realmente refleja todo lo que me pasa y que estoy segura de que no solo a mí. Muchas mujeres lo padecemos. Si bien es cierto, a todas no nos da de la misma manera, creo que este es de los casos más comunes”, dijo.
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Detrás de este comportamiento hay algo más que el simple cuidado personal. Según la ginecóloga obstetra Martha Marrugo, el origen está en la forma en que se ha enseñado a ver la menstruación.
“Los tabúes menstruales influyen profundamente en lo que hoy se define como hipervigilancia menstrual, lo que transforma un fenómeno fisiológico llamado menstruación en etapa reproductiva en una vergüenza”.
Durante años, la menstruación se ha relacionado con ideas negativas. “Se asocia la menstruación con impureza, provocando una necesidad constante de ocultar cualquier rastro de sangrado”.
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Esa presión social se traduce en hábitos diarios. “Obliga a las mujeres a un monitoreo constante del cuerpo durante el periodo menstrual para evitar manchas y ocultar su periodo”.
Ese monitoreo no solo es físico, sino mental. La atención se divide, el pensamiento se fija en evitar un “error”. “Este comportamiento, impulsado por una mala educación menstrual, fija el pensamiento en la mujer que la regla es algo ‘sucio’”.

¿Hay desinformación?
En muchas casas ya se habla más del tema. La menstruación dejó de ser, en parte, un secreto, pero ese cambio no ha sido igual para todas. En zonas rurales y en contextos con menor acceso a educación, el silencio todavía pesa.
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La información no siempre llega a tiempo, ni de la forma correcta. Y eso marca la experiencia desde el inicio.
Según explica la ginecóloga Laura Gil, aunque ha habido avances, las brechas siguen existiendo: “Sin duda ha disminuido muchísimo, pero aún existe, sobre todo entre las poblaciones más vulnerables: las rurales, las que tienen menor nivel educativo”, expresó.
Ese dato muestra que el problema no es solo cultural, también es social. Donde hay menos acceso a educación, hay más desinformación. Y donde hay desinformación, hay más miedo, más dudas y más estigmas.
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“Casi el 40 % de las niñas recibieron información sobre la menstruación por primera vez por parte de personas diferentes a su familia o círculo cercano”.
Muchas mujeres no tienen claridad sobre qué usar, cómo usarlo o qué opciones existen. Esto limita su bienestar y también su autonomía. “Se han conseguido avances, como la eliminación del impuesto a productos menstruales. E inclusive, según el DANE, se implementó una Ley 2261 de 2022 para productos en centros de reclusión”, dijo la ginecóloga Martha Marrugo.
Esta ley garantiza el acceso a productos menstruales para mujeres privadas de la libertad, un grupo que históricamente ha enfrentado mayores dificultades en este tema.
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¿Qué protección usar para un flujo abundante?
Elegir un producto menstrual adecuado no es solo cuestión de preferencia, también de tranquilidad. El flujo menstrual varía en cada persona, por eso no existe una sola opción ideal. Lo importante es que el producto se adapte al cuerpo, al ritmo de vida y a la intensidad del sangrado.
“Hay varias alternativas: las bragas menstruales, que son reutilizables y absorbentes; las compresas, fáciles de usar; los tampones, más cómodos para días activos; y las copas menstruales, que tienen mayor capacidad y también son reutilizables”, dijo la ginecóloga obstetra, Martha Marrugo.
Cada una cumple una función distinta, y la elección depende de lo que cada mujer necesite en su día a día. También es clave el uso correcto. Los productos internos deben cambiarse cada 4 a 6 horas, mientras que los externos dependen del flujo y la comodidad. En casos de flujo abundante, la recomendación es usar productos de mayor absorción o combinar opciones para evitar fugas y sentirse más segura.
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“Cada opción tiene sus ventajas, por lo que probar diferentes alternativas ayudará a determinar cuál se adapta mejor a cada persona, y acudir a un ginecólogo”.


















