Son dos gotas de agua por donde quiera que se les mire. Su nariz prominente, tono de voz parecido, el gusto por el sombrero, las gafas oscuras y una que otra cadena dorada hacen que cualquiera vea en ellos casi que a una misma persona en su versión adulta y joven. Se trata del maestro Dolcey Julio Gutiérrez De la Cruz, el ‘Rey de la Música Picante’, y de Dolcey Miguel, su heredero musical.
Lea aquí: Sabor Bajero enciende sus fogones en Semana Santa
Uno nació en Nervití, corregimiento de El Guamo (Bolívar), el otro en Barranquilla. El maestro cuenta con 84 años, mientras que su hijo no ha vivido ni la mitad de su trasegar; de ahí en adelante son pocas las diferencias que se pueden establecer, ya que ambos comparten la pasión por la música carnavalera y un estilo de vida basado en la perseverancia.

En el marco de nuestra fiesta, ambos son ganadores del Congo de Oro del Festival de Orquestas, certamen musical en el que conquistaron al público con su energía desbordante, parodias y canciones cargadas de “doble sentido”, todo esto debido a la chispa que encendió Dolcey Gutiérrez, el hombre que convirtió la picardía en un lenguaje musical propio y que, sin proponérselo, terminó moldeando una parte esencial del espíritu festivo de las carnestolendas. Hoy, ese legado encuentra continuidad en su hijo, Dolcey Miguel, quien es el encargado de producir las nuevas canciones de su padre, lo que confirma que “lo que se hereda no se hurta”.
EL HERALDO logró reunirlos en una conversación franca, cargada de anécdotas, enseñanzas y emociones, donde el pasado y el presente dialogan con naturalidad al son del acordeón y de versos muy picantes.
Un rey hecho a pulso
Con la espontaneidad que lo caracteriza, Dolcey Gutiérrez recuerda cómo, en medio de dificultades económicas y puertas cerradas en la industria, luchó para no desistir.
“Uno hacía éxitos, pero no pasaba nada. Yo estaba ahí, comiendo yuca con suero, mientras las casas disqueras no se manifestaban”, relata sin filtros.

Antes de los aplausos, de los dos Congos de Oro que tiene (obtenidos en igual número de presentaciones) y del reconocimiento, hubo momentos difíciles. Recuerda una etapa en la que decidió dejar de grabar, cansado de tocar puertas en disqueras que no respondían. Pero la música, como él mismo dice, “hierve en la sangre”. Tras un año de inactividad, regresó con una idea clara: “tenía que hacer algo diferente, algo que impactara desde la primera palabra”, dice. Y lo hizo apostándole al doble sentido, en una época donde ese tipo de letras era casi un tabú. “Me metí con la marihuana; estábamos en ese momento en la bonanza marimbera; ojo, no es que empecé a meter marihuana, sino que hice una canción que habla de la marihuana; así fue que grabé La picada comelona, esa que dice ‘¿Qué será lo que emborracha a los señores? Los licores, los licores, ¿qué es lo mantiene fuerte Josefina, la cocaína, la cocaína, que es lo que más le disgusta a la mujer, la vejez, la vejez. ¿Y qué es lo que hace que uno hace un mamarracho? Son los cachos. ¿Y qué es lo que pone las mujeres piponas?, la pi, la pi, la pi, la picada comelona’”.
La fórmula que lo llevaría a convertirse en referente, ya la había encontrado gracias al tema Cantinero, sirva el trago, que salió al mercado en 1963 como el gran éxito del álbum Parranda en tecnicolor. Así nació una propuesta que conectó de inmediato con el público, con canciones cargadas de picardía y humor, que decían en voz alta lo que muchos pensaban en silencio. “Ese ha sido mi secreto, decir las cosas de una manera que no sea vulgar, pero que llegue”, explica.
A partir de ahí, su música se convirtió en parte del ADN del carnavalero, sonando en verbenas, casetas y escenarios durante seis décadas.
Herencia, no imitación
Para Dolcey Miguel, crecer con ese legado no fue sencillo. Más que una ventaja, lo sintió como una responsabilidad. “Es una carga grande, pero también un reto que motiva a hacer las cosas bien”, explica.
Lejos de intentar replicar la fórmula de su padre, decidió construir su propia identidad artística. Su propuesta busca modernizar el sonido carnavalero, llevarlo a nuevas generaciones sin perder su esencia. “No hago música por moda, hago música que me guste, para que la gente conecte de verdad”, asegura.

Esa búsqueda también ha sido posible gracias a la libertad que heredó, pues su padre nunca se encasilló en un solo género, y eso le abrió el camino para experimentar. Curiosamente, su formación musical no fue el resultado de una disciplina rígida. “Yo nunca me preocupé porque fuera músico”, confiesa Dolcey Gutiérrez. Sin embargo, el talento apareció por sí solo, primero con la batería, influenciado por grupos que imitaban la música de Carlos Vives y luego con el acordeón, instrumento que comenzó a practicar hasta dominarlo con absoluta destreza. “Un día lo veo tocando y me sorprendió. Me llenó de orgullo”, recuerda el maestro.
Ese orgullo creció al ver que su hijo no solo aprendía, sino que evolucionaba. “Si lo viera haciendo lo mismo que yo, lo hacía retirar. Lo bonito es que lo hace mejor, más acorde a estos tiempos, sin dejar de lado la pasión”.
Hoy, los roles incluso se invierten. “Antes yo era su maestro, ahora soy su alumno”, admite entre risas, especialmente por lo que le aprende dentro de una cabina de grabación.
Dolcey Miguel resume su camino en cuatro principios que repite de memoria: “Insistir, persistir, resistir y nunca desistir”. Esta fórmula ha sido clave para sostenerse en una industria difícil, en la que las dudas aparecen constantemente. “Uno a veces quiere tirar la toalla, pero al día siguiente vuelve la pasión”, confiesa.
Sobre el escenario, afirma que hay otro elemento que destaca, la construcción de un personaje muy caricaturesco. “Cuando piso la tarima, entro en personaje, soy el más alegre. Cuando bajo, vuelvo a ser yo, alguien muy tímido”, explica.
Triunfo generacional
El reciente ganador del Congo de Oro exclama con orgullo que no solo representa un logro individual, “sino la continuidad de una historia”.
Para su padre, el galardón tiene un significado especial. Recuerda que en sus tiempos ganarlo era un reto mayor, cuando todo dependía del voz a voz y del impacto en el público. “Cuando uno se subía al Coliseo Cubierto, tenía que estar seguro de que iba a ganarse eso”, dice, evocando aquella vez en 1985 cuando se enfrentó al Binomio de Oro en una batalla que terminó con el público coreando su nombre. “Ese año yo estaba pegado con Ron pa’ todo el mundo, al punto que el propio Rafael Orozco reconoció que yo debía ser el ganador y así se lo hizo saber al jurado y al público”, afirma.
Dolcey Miguel, por su parte, estuvo a punto de no participar este año, pues el miedo a perder lo frenaba, hasta que decidió arriesgarse. Y el resultado fue contundente con un show auténtico que conectó con miles de asistentes. “Le metí candela a toda la Carrera 50”, dice y agrega que la noticia del triunfo lo sorprendió en tarima, en medio de una presentación privada en Galapa. “Fue una locura, no me lo esperaba”.
Dos visiones, misma esencia
Las diferencias entre ambos artistas son claras, pero complementarias. “Mi papá es un cantante que toca acordeón. Yo soy un acordeonero que canta”, resume Dolcey Miguel.
Esa dualidad es, quizás, la clave de la vigencia de esta dinastía que camina unida.
El sendero apenas comienza para el hijo, que este año lanzará nueva música con una propuesta fresca bajo un concepto claro que incluye temas inéditos.
“Lo que viene es candela, traigo un EP de tres canciones y más música para el resto del año”.
Además, ya se cocina un proyecto conjunto entre padre e hijo, una apuesta que pretende unir generaciones en un mismo escenario.
Le puede interesar: Luruaco y Palmar de Candelaria tendrán dulces con sabor a tradición y a tamarindo en sus festivales
Mientras tanto, Dolcey Gutiérrez sigue fiel a su esencia que lo lleva a improvisar, sentir y crear desde el momento. “Yo entro al estudio y me dejo llevar por el momento”, afirma.
En esta historia queda claro que, más que un legado musical, lo que existe entre padre e hijo es una conexión única entre dos artistas que comparten sangre, pasión y escenario.














