Escuela Olga Emiliani | Muerte en Paraíso

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Escuela Olga Emiliani | Muerte en Paraíso

Esta es una crónica realizada por los estudiantes del sexto módulo de la Escuela de Redacción Olga Emiliani. La historia narra los hechos trágicos ocurridos en la mañana del 10 de septiembre de 2011 a Carlos Julio Velásquez García, alias Loquillo. 

Foto suministrada.
Foto suministrada.
Lugar en el que ocurrió el accidente. Foto suministrada.

Esta es una crónica realizada por los estudiantes del sexto módulo de la Escuela de Redacción Olga Emiliani. La historia narra los hechos trágicos ocurridos en la mañana del 10 de septiembre de 2011 a Carlos Julio Velásquez García, alias Loquillo. 

El pasado 10 de septiembre de 2010, Carlos Julio Velásquez García, mejor conocido como el Loquillo, tenía dos citas. Una que conocía y la otra que no sabía que iba a tener. La primera era con su madre, con quien había acordado encontrarse hacia las horas de la tarde en el Paseo Bolívar, y la segunda era con la muerte. A la primera jamás llegaría, justamente porque llegó puntual a la segunda.

Y el hecho apareció registrado al día siguiente en la primera página del periódico barranquillero Al Día. “Chocó y quedó sin cara”, tal fue el titular. A renglón seguido, en el sumario de la noticia, se leía: “Carlos Julio, conocido como el 'Loquillo', de 44 años, se robó una bicicleta y cuando huía a toda prisa se estrelló contra uno de los lados de una camioneta estaca. Por el fuerte impacto con el vehículo, su rostro quedó completamente desfigurado”.

Aquel día, el mundo entero concentraba su atención en la conmemoración de los diez años del atentado terrorista contra las Torres Gemelas de Nueva York, y los medios desgranaban viejas y nuevas interpretaciones posibles de este fenómeno. El caso de Carlos Julio, en cambio, no requería al parecer de mayor explicación. Sin embargo, cada muerto que aparece en la primera plana de un periódico, por muy anónimo que sea, tiene una historia compleja, un trasfondo mucho más detallado del que se publica normalmente.

De la infancia y otros dolores prematuros

Velásquez García había nacido el 29 de marzo de 1970 en Barranquilla (al morir, tenía, pues, en realidad, 41 años). Creció en el barrio Rebolo, en el seno de una familia de clase media baja, conformada por Julio César Velásquez Pedroza, su padre, oriundo de Ciénaga, Magdalena; Rubiela García Cuello, su madre, natural de Buga, Valle del Cauca; y Olga Lucía Velásquez García, su hermana.

De niño fue díscolo, inquieto e hiperactivo. Estos rasgos de su conducta le dieron el apodo que marcaría su vida: Loquillo. Su naturaleza traviesa y rebelde le trajo problemas desde temprana edad, tanto así que estuvo bajo tratamiento psicológico cuando cursaba la primaria en el Colegio del Caribe, donde sus profesores decían que “era muy inteligente pero muy necio”, pues solía hacerles trastadas a sus compañeros de clases.

 Su padre, Julio César, impotente ante la desobediencia de su hijo y llevado por su carácter violento, lo maltrataba constantemente y lo sometía a fuertes castigos, como dejarlo toda la noche amarrado a un árbol. Todo esto ante la mirada temerosa y sumisa de su esposa, Rubiela. No obstante, un día ella no soportó más tanta violencia y, aceptando el asilo que le brindó su hermana Luz Marina García Cuello, se fue a vivir con sus dos pequeños hijos a la casa de esta en el barrio Paraíso.

Sin embargo, y paradójicamente, lo que más sufrimiento le causó al Loquillo a sus 13 años fue la muerte de su padre por causa de una peritonitis. Al niño le tocó presenciarla, pues el padre, cuando agonizaba en el Hospital Militar de Bogotá, lo mandó llamar. El señor Velásquez no quería partir sin antes despedirse de su hijo, pedirle perdón y poder así descansar en paz.

Ante este hecho traumático, el muchacho pareció quedar perdido. Se acostumbró a sentarse en los bordillos de las calles del barrio Paraíso a mirar a los otros niños que jugaban con sus padres, y comenzó a decirle a su mamá que lo extrañaba muchísimo y que él sabía que los castigos que le había dado eran porque de verdad lo amaba. Allí, y en medio de una gran zozobra, entre las calles de ese barrio, encontró varios amigos en cuya compañía inició su recorrido por el mundo de las drogas.

––Él quería ser aviador ––dice hoy día Rubiela, mientras aprieta una mano contra sus labios y solloza.

Luego acaricia suavemente la argolla matrimonial que aún lleva puesta y se lamenta: “Le gustaba mucho la mecánica. También los deportes: era bueno en fútbol y en atletismo”.

Amores prohibidos

A los 14 años, su vida dio otro giro crucial. Ya era un jovencito apuesto que gozaba de la virilidad de un hombre adulto, capaz de satisfacer a una mujer con experiencia. Es así como Darling (sólo por dicho nombre se le recuerda), una morena de 30 años, de poderoso porte y curvas peligrosas, que se paseaba por el barrio en una rugiente motocicleta de alto cilindraje, una XT500 Yamaha, se enamoró de Carlos Julio y se lo llevó a vivir a su casa. Ella lo puso a modelar la ropa que confeccionaba y lo inició en la vida de los adultos y, según dicen, en la de “las cosas bravas”.

Su madre siempre se opuso a esas relaciones, ya que, al fin y al cabo, esta mujer mayor se había llevado a su niño. Los familiares culpan a Darling por el problema de drogas de Carlos Julio, ya que el uso de estas, que había comenzado para él solo como un divertimiento social o una vía de escape, se fue convirtiendo a partir de entonces en una enfermedad y en un problema crónico.

Cuadro médico: esquizofrenia

Rubiela García vio hundirse poco a poco a su hijo en ese mundo sin desampararlo nunca. Carlos Julio iba y volvía, de la morena a su madre y de su madre a la morena en una espiral de vicio de la que nunca más salió; de su madre a la morena y de la morena a su madre y, entre ambas madres, la droga. Un buen día la morena desapareció del todo de su vida, no sin antes dejarle un hijo, Christopher, hoy día un músico de 24 años radicado en Cartagena. Comenzó entonces para Rubiela García una larga historia de tratamientos y de intentos por rehabilitar a su hijo. El Loquillo siguió estudiando hasta tercero o cuarto de bachillerato ––su madre no recuerda exactamente–– y luego quedó a merced de la crudeza de la vida de las adicciones. Se recuperaba un tiempo y nuevamente recaía, y detrás de él, siempre ella, una mujer pequeñita que se transformó en gigante intentando recuperar el alma de ese hijo atormentado. Pidió ayuda y el padre Bernardo Hoyos se la dio. Carlos Julio fue albañil del Rincón Latino y vigilante de una terminal de buses por los lados de la calle 17. No obstante, nada de esto perduró. Desde San Pachito hasta el Paseo Bolívar, y desde la Zona Cachacal hasta Paraíso, el Loquillo hizo de la calle su modo, ritmo y calidad de vida.

Su madre fue a la Alcaldía a pedir ayuda, a solicitar una ambulancia que recogiera a su hijo de las calles y lo internara en el Hospital Universitario Cari. Allí estuvo Carlos Julio varias veces y otras tantas se escapó. El reporte de los médicos sobre su estado mental fue el siguiente: “Paciente con cuadro clínico caracterizado por comportamiento agresivo, cambios en el comportamiento, dislalia, desubicado en tiempo y espacio. Esquizofrenia”.

Carlos Julio se volvió agresivo y se habituó a la calle. Ordenaba comida en restaurantes y se iba sin cancelar, robaba panes en las tiendas y tomaba taxis y no pagaba las carreras. Al Paseo Bolívar iba a verlo su madre casi a diario y le llevaba comida, ropa limpia, palabras de aliento para que soportara mejor su calvario y, en fin, cuanto necesitara. “Menos plata”, dice ella moviendo la cabecita de un lado a otro, al tiempo que asegura que ambos parecían dos novios, que se encontraban en un sitio y caminaban por las calles del centro mientras se contaban los pormenores de sus vidas.

La tarde del sábado10 de septiembre, ella fue a esperarlo como siempre al Paseo Bolívar. Caminó de un lado a otro, lo buscó entre el tumulto de personas que deambulaban a esa hora por allí, preguntó con insistencia por él. Pero Carlos Julio no llegaba y Rubiela, desesperada, llamó a su hermana.

Ladrón de bicicletas

A esa hora, exactamente hacia las 2:00 p.m., la figura alta y delgada de Carlos Julio merodeaba por las tranquilas calles del barrio Paraíso. Llegó a la calle 80 con carrera 68, frente al apartamento ––ubicado en un segundo piso––de Francisco Cantillo, un joven de 26 años, auxiliar de instrumentación y equipos médicos de la Clínica La Merced, que tenía una bicicleta azul en la que practicaba ciclismo de ruta los fines de semana con sus amigos. La había terminado de armar, con paciencia, pieza por pieza, en diciembre de 2010. Ese día había llegado temprano del trabajo y estaba, junto con su suegra y su hijo de dos años, viendo el programa televisivo Lazy Town en el dormitorio.

Carlos Julio aguardó, como tigre ansioso, esperando por su gacela para devorarla. Subió las escaleras con sigilo, ingresó a la sala del apartamento y sacó la bicicleta en hombros. Bajando las escaleras, se cayó. Ni Francisco ni su suegra oyeron el ruido que esto produjo, como tampoco habían advertido el robo. El Loquillo montó en el vehículo y comenzó a pedalear furiosamente. Tomó por la calle 80 y dobló por la esquina de la carrera 69. “Iba zumbando ––cuenta ahora John Jairo Galofre, portero del edificio Trifer, situado en la carrera 69––. Al poco rato sentí un golpe seco”. El mismo que sintió una familia de la esquina que disfrutaba de un asado en la terraza. El mismo que llegó hasta oídos de don Carlos, a media cuadra, mientras atendía su micromercado El Paraíso.

Cuando el Loquillo descendía por la carrera 69 en dirección a la calle 79, por esta avanzaba la camioneta Chevrolet Luv tipo estaca de Fermín Gómez. Azul, como la bicicleta y el color del cielo de ese mediodía. Fermín Gómez, que creyó que había dejado atrás al hombre que había visto venir afanosamente en una bicicleta, sintió un fuerte golpe. El Loquillo se había estrellado contra la estaca. El golpe fue contundente y en la mitad de la calle quedó tendido su cuerpo. Su cara se partió en dos y se enterró contra el pavimento. Gómez, que había detenido su camioneta y descendido de ella, se llevó las manos a la cabeza al enfrentarse con la terrible escena.

En ese momento, apareció también Francisco Cantillo, el dueño de la bicicleta, quien había sido informado por unos vecinos del robo. “Justo en la calle 79, entre carreras 68 y 69, estaba el Loquillo con mi bicicleta, tendido en el piso y lleno de sangre”, cuenta Francisco. “Lo que pensé en ese momento fue en su mala suerte, pues yo había puesto esa bicicleta en la sala porque me había dado cuenta de que los frenos le estaban fallando y decidí quitárselos para repararlos más adelante”.

Cuando Rubiela García, en el Paseo Bolívar, llamó a su hermana Luz Marina, esta le dio la terrible noticia. Pasados ya dos meses largos desde la tragedia, todavía se culpa a sí misma por la muerte de Carlos Julio porque, según está convencida, su hijo robó la bicicleta para encontrarse a tiempo con ella en el Paseo Bolívar. Es pequeñita y nerviosa, y algo en su constitución hace recordar a un pajarito enjaulado. Si los ojos son los espejos del alma, entonces su alma no ha dejado todavía de llorar.

(*) Reportería y redacción: Fabio Pérez, Éel María Angulo, Campo Elías Rincón, Carlos Pino, Layla Vallejo, Carlos Polo, Jairo Soto, Sue de la Hoz, Laura Gaitán, Eloy Barandalla, Roberto Hernández, Rafael Pereira, Alejandra Murgas, Diana Nader, Bertha Ramos, Karen Ríos, Ana Milena Londoño, Luis Iglesias y Samuel Losada.
Editor del texto: Joaquín Mattos Omar (instructor de la Escuela).

 

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