La noticia de la muerte de Jhon Jairo Velásquez nos conduce, como en un túnel siniestro del tiempo, a una de las épocas más terribles que haya vivido Colombia en su historia reciente. Una época en que el narcotráfico puso en jaque al Estado y a punto estuvo de provocar una hecatombe institucional en el país.

Velásquez, conocido con el alias de Popeye por su pronunciado mentón, era considerado el jefe de los sicarios del poderoso jefe del cartel de Medellín, Pablo Escobar, y ha reconocido su autoría directa en centenares de asesinatos.

En 2014, tras 23 años en prisión, fue puesto en libertad al haber cumplido tres quintas partes de la condena, pero, en lugar de llevar una vida discreta que reflejara al menos algún tipo de arrepentimiento tras tantos años de sevicia y crueldad, se dedicó a alardear públicamente y a través de las redes sociales de sus infamias.

Esa actitud estuvo, sin duda, estimulada por el protagonismo que recibió ‘Popeye’ en el aluvión de series televisivas que aparecieron en los últimos años sobre los carteles de la droga. Unas series que, pretendidamente, relatan la crueldad de las organizaciones del narcotráfico, pero que, a la postre, han logrado el efecto indeseado de generar una cierta fascinación popular en torno a la figura de los grandes capos.

Por fortuna, Velásquez volvió a prisión en 2018, cuando ya se había convertido en una personalidad mediática y virulento comentarista político, con miles de entusiastas seguidores.

Una fama que trascendió las fronteras de Colombia. Hace casi dos años se armó una polvareda en España porque el alcalde de una ciudad llamada Carnoneras compartió en su cuenta de Facebook dos videos en que ‘Popeye’ alababa el turismo y la gastronomía en ese municipio. Ante el revuelo armado, retiró las imágenes con el argumento de que desconocía el pasado del personaje.

Nuestra sociedad aún está en mora de crear un relato sólido e inequívoco que deje claro a todos, sobre todo a los más jóvenes, que en esa etapa tenebrosa hubo buenos y malos, por maniquea que a alguno pueda sonar esta afirmación.

Ayer se suscitó una polémica porque el comandante del Ejército, general Zapateiro, sin dejar de subrayar el daño que ‘Popeye’ causó al país, expresó sus condolencias a la familia del sicario. Él explicó después que lo guió un “sentimiento humano”, pero el gesto sorprendió, entre otras cosas, porque no consta que tenga la misma deferencia cada vez que muere un gran criminal.

Si invocamos este episodio es para enfatizar la necesidad de extremar el celo en los mensajes que se envían desde las instituciones, pues de ellos dependerán en gran medida las interpretaciones que haga la sociedad de nuestra atribulada historia.