Mientras Barranquilla exhibe indicadores que la ubican entre las ciudades que más reducen desempleo e informalidad en Colombia, en sus calles persiste una fuerte percepción de incertidumbre, casi angustia, que no se compadece con los datos del Dane. Porque detrás de sus cifras hay personas que sienten que trabajar ya no les alcanza para vivir con dignidad.
EL HERALDO conversó con adultos mayores, obligados a rebuscarse el sustento diario, y con jóvenes sin oportunidades de progreso, muchos de los cuales son profesionales frustrados por no hallar opciones acordes con su formación. Buena parte de esos ciudadanos acaban sumándose al ejército de trabajadores informales que hoy sobrevive a punta de ingresos, casi siempre precarios, que no les garantizan bienestar ni calidad de vida. Junto con los desempleados hacen parte del desafiante retrato social que recibirá el próximo presidente.
La demanda ciudadana de “más empresas y más empleo” que se escucha en Barranquilla y municipios vecinos no deja margen para dudas, porque aunque la desocupación bajó al 10 % en el área metropolitana y al 8,5 % en la ciudad, y la informalidad cayó hasta 50,7 % en la medición de marzo, la mitad de los trabajadores realiza actividades laborales sin estabilidad, seguridad social ni ingresos suficientes. El dato resulta todavía más inquietante entre los jóvenes, cuya tasa de desempleo escala hasta el 18 %. Esto significa que una generación entera siente que estudiar ya no les asegura movilidad social alguna. ¡Cómo no agobiarse!
En todo caso, Barranquilla resiste mejor que otras capitales de la región Caribe, con tasas de desempleo e informalidad mu cho más dramáticas, Y es así, gracias a la capacidad de reinventarse de su gente, su cualificación y vocación empresarial históricamente dinámica.
Ese es el verdadero drama laboral en Colombia: se crean empleos, sí, pero demasiados de baja productividad y alta precariedad. El trabajo por cuenta propia explica gran parte de la recuperación reciente, mientras sectores estratégicos como la industria y la agricultura pierden cada vez más plazas. En otras palabras, la economía produce ocupación, pero no necesaria mente prosperidad para la gente, lo cual constituye todo un reto para el próximo mandatario, llamado a transformar el rebusque en empleo formal y el asistencialismo en crecimiento productivo. Nada fácil, a tenor de los discretos resultados de sus antecesores.
En ese contexto, las propuestas de las candidaturas presidenciales más viables muestran diferencias profundas. Abelardo De la Espriella apuesta por una estrategia proempresa basada en desrregulación, crecimiento económico y estímulos al emprendimiento. Su énfasis en el agro y la reducción de trabas podría dinamizar inversión y empleo, aunque persisten dudas sobre la viabilidad fiscal de sus promesas. Paloma Valencia pone el foco en combatir la informalidad mediante alivios tributarios, incentivos a la contratación y apoyo gradual a pequeños empresarios. Su planteamiento parece más alineado con la necesidad urgente de formalizar el mercado laboral sin asfixiar al sector productivo. Iván Cepeda, por su parte, insiste en profundizar el modelo del petrismo, defendiendo derechos laborales y fortalecimiento sindical, pero sin despejar dudas sobre cómo generar crecimiento sostenido y empleo de calidad en sectores esenciales y el tipo de relación que tendrá con los privados.
En la recta final de una campaña agitada por polarización, agravios y ruido emocional, los ciudadanos deberían votar pensando más en la defensa de su porvenir y menos con la rabia del momento. Colombia no necesita más espectáculos de confrontación estéril, sino un liderazgo capaz de crear empleo, abrir oportunidades y devolverle horizonte a una sociedad agotada de sobrevivir al diario. Porque ninguna verborrea populista llena una nevera vacía ni sustituye la dignidad de un trabajo estable. El próximo presidente deberá entender que el verdadero mandato que le otorguen las urnas no transita por profundizar fanatismos, sino por garantizar condiciones reales para que millones de compatriotas puedan progresar, emprender y construir un futuro posible. Ahí, justamente ahí, se decidirá la distancia entre la esperanza colectiva y la resignación definitiva. Y el empleo marca, sin duda, la diferencia.







