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El triunfo de Claudia Sheinbaum en las presidenciales de México es incontestable. La diferencia de más de 30 puntos conseguida por la candidata de Morena, el partido oficialista de izquierda, sobre su inmediata rival, Xóchitl Gálvez, quien representaba a los tradicionales movimientos políticos PRI y PAN, le otorgaron una innegable legitimidad para suceder en el cargo a su mentor, el saliente mandatario, Andrés Manuel López Obrador, AMLO, quien también es ganador en estas elecciones en las que su proyecto político arrasó, obteniendo lo que llaman el “carro completo”.
Sin embargo, será a partir del 1 de octubre, una vez se posesione, cuando la pragmática científica de 61 años, quien había ocupado la jefatura de Gobierno de Ciudad de México, empezará a refrendar la confianza otorgada por la ciudadanía en las urnas. A simple vista, no son pocos ni fáciles de gestionar los principales desafíos que tendrá que asumir para construir, como anunció en su discurso de victoria, “un México más próspero”. La lucha contra la pobreza e inequidad, la desbordante criminalidad desatada por mafias del narcotráfico o la expansión de la crisis migratoria le demandarán decisiones, también acciones determinantes, que la pondrán a prueba.
Su margen de maniobra, pese a la complejidad de los retos a encarar, no solo está garantizado, sino que será bastante más amplio que seis años atrás, cuando López Obrador iniciaba mandato.
Y es así, en parte, por su categórico resultado electoral, al que se le suman los triunfos de la coalición oficialista en gobiernos estatales y, sobre todo, en el Congreso, donde habría obtenido mayoría cualificada, lo que le daría luz verde al actual Ejecutivo –antes del traspaso– para reformar la Constitución, el llamado Plan C de AMLO que causa aprehensión en algunos sectores. Uno de ellos, el poder judicial, con el que ha tenido duros choques por ser un contrapeso relevante en la arquitectura estatal. Asunto espinoso con el que Claudia Sheinbaum deberá lidiar.
En todo caso, la otra parte de esta historia de éxito político la escribió el propio AMLO, con su tan particular como cuestionable estilo de liderazgo. Nadie pone en duda los claroscuros de su figura omnipresente, confrontacional, polarizante, carismática, que supo conectar de forma directa con aquellos que seguían con devota atención sus incombustibles batallitas mañaneras en las inmancables e interminables ruedas de prensa diarias que, al final, señalaban la agenda nacional.
Si bien es cierto que la presidenta electa, por su estrecha relación con su antecesor, saborea las mieles de la incuestionable popularidad de López Obrador, de los aciertos de su gestión reconocida por los votantes, también lo es que la herencia de lo que él representa para millones de mexicanos no es endosable. Sheinbaum tendrá que esforzarse, y mucho, por forjar su sello propio durante los próximos seis años. En este sentido, méritos profesionales o personales no le faltan, aunque, eso sí, ha anticipado que no apostará por los mismos métodos de AMLO para ser cercana con la gente. Lo que está aún por verse es si su preceptor la seguirá rondando o hará uso de un buen retiro, evitando ser incómodo e intervenir en política, porque con él nunca se sabe.
Al margen de su personalidad enigmática o de las incógnitas que se abren frente a su estilo de gobierno, de relacionarse con la oposición política o con la prensa, de cómo gestionará su insalvable vínculo con Estados Unidos, incluso con el mismo AMLO, Claudia Sheinbaum tiene una oportunidad histórica para cambiar el relato de violencia, exclusión y marginalidad de las mujeres de su país sometidas a violencias machistas inaceptables. Su escogencia en sí misma rompe el techo de cristal, encierra un poderoso mensaje de equidad de género que no la librará, en cualquier caso, de ser juzgada con inusitada severidad por el simple hecho de ser una mujer.
Justamente, su condición podría convertirse en la impronta, en el elemento diferenciador que marque un gobierno de liderazgo empático, búsqueda de consensos y enfoque inclusivo. Eso sí sería el “carro completo” para promover entendimiento ante el mínimo riesgo de autoritarismo.







