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Cuando aún no se sofocan del todo las brasas de la indignación encendidas por las palabras del jefe negociador del Gobierno en los diálogos con el Eln, Otty Patiño, quien sin ruborizarse dijo que no le constaba que esa guerrilla reclutara de manera forzada a menores de edad, las partes han vuelto a la mesa. Esta vez, en Cuba. Que el máximo comandante del Ejército de Liberación Nacional, ‘Antonio García’, se lave las manos ante uno de los peores crímenes de guerra que existen, señalando que niñas, niños y adolescentes se vinculan de manera voluntaria a sus filas, eludiendo su absoluta responsabilidad en este horror, es una demostración de su talante provocador. Pero que un hombre como Patiño, conocedor de la realidad histórica del conflicto armado en Colombia, se haga el desentendido ante la evidencia palmaria es desconcertante. ¿Pretende, acaso, quedar bien con sus interlocutores? Se equivoca, ese no es el camino.
Su incomprensible e insólita postura, además de ser una jugada riesgosa que rompe la necesaria distancia con su contraparte en la mesa y socava la confianza de la opinión pública en su gestión, irrespeta, antes que nada, la memoria de miles de menores a quienes la guerra les robó su infancia, cuando no sus vidas. No es la primera vez que los ciudadanos asistimos estupefactos a las salidas en falso de los negociadores de paz, en este Gobierno o de anteriores, a quienes parece que les cuesta asumir la enorme responsabilidad que les asiste en asuntos tan sensibles. O, al menos, esa es la impresión que queda por la ligereza con la que a veces dejan caer sus mensajes.
Ahora que en este tercer ciclo de conversaciones Gobierno y Eln intentarán concertar dinámicas humanitarias, además de un cese bilateral al fuego y de hostilidades que el presidente Petro propone sea regionalizado y periódico, convendría que se le diera un lugar preeminente a la desvinculación de menores de edad de las filas de la guerrilla. Esa sería una demostración valiosa de buena voluntad para reducir el brutal impacto del inacabable conflicto en los territorios donde hacen presencia. Me temo que se hace tarde: un joven comunero indígena acaba de ser asesinado en Jambaló, Cauca, en medio de combates entre el Eln y las disidencias de Farc.
Mientras se conocen las conclusiones del ciclo, en el que también concurren insistentes llamados de distintos sectores para que se avance en la obtención de mínimos de protección humanitaria, la Defensoría del Pueblo revela un balance descarnado sobre la vulnerabilidad de la niñez en Colombia. En los tres primeros meses, 23 menores, de entre 13 a 17 años, fueron víctimas de reclutamiento forzado por grupos armados ilegales en Cauca, Amazonas, Antioquia y Arauca. Derrumba constatar, pero no extraña, que esta práctica proscrita aumentara 53,3 % en este período, comparado con el mismo lapso de 2022. ¿Quiénes son los reclutadores? Todos lo son.
Tampoco cambia el perfil de quienes sustraen por la fuerza o mediante engaños de su entorno familiar, escolar y comunitario. Niñas y niños de las áreas rurales más dispersas continúan siendo la carne de cañón de esta guerra, esos que son invisibles, a los que no se les extrañará porque muchas veces ni siquiera la institucionalidad sabe que existen. ¿Exagerado? Ya quisiera. Cerca de 16 mil 300 casos de reclutamiento forzado de menores documentó la Comisión de la Verdad, en su informe final, entre 1990 y 2017. Aunque podrían ser hasta 30 mil, por el subregistro. Nada de lo que ha hecho hasta ahora el Estado ha logrado mitigar esta atrocidad. Dejarse arrastrar por la voz de los victimarios no le queda ni remotamente bien al negociador del Gobierno que debería dejar de lado su desfachatada ceguera para conciliar acuerdos de humanización verificables e irreversibles que aporten luz a las miserias de esta absurda guerra que sigue tragándose el alma inocente de nuestros niños. Que la sociedad civil tan victimizada por esta insana violencia sirva de acicate para que Gobierno y Eln, sin más circunloquios ni dilaciones, hagan realidad el clamor nacional de pactar un cese realista que nos aleje un poco de la barbarie que nos devora.







