El Heraldo
Opinión

Detrás de la cortina

La reunión se sostenía en un lugar sagrado, no recuerdo bien su ubicación pero si la belleza del espacio natural.

Lo que lo mató fue la ambición. Cuenta la leyenda que horas después de ocurrida su muerte, Manuel fue despedido por los más cercanos integrantes de su casta. Se reunieron en conclave por días y por noches. Honraron su vida con amor frente al fuego, invocaron a la luna, llamaron al sol, trajeron el barro, convocaron a sus árboles quienes eran sus guerreros y protectores más antiguos. Invitaron a los ausentes y también a los partidos.

La reunión se sostenía en un lugar sagrado, no recuerdo bien su ubicación pero si la belleza del espacio natural, se llevaba a cabo en un templo austero y  simple, construido en sentido circular para provocar movimiento y evitar jerarquizaciones en el asiento interior, de hecho, las rotaciones eran propias del ejercicio y sugerían unión e igualdad. Era una sola entidad en comunión. Lo que allí sucedía era eternidad.

Un rayo de luz cenital ingresaba como fuente natural provocando una sombra acentuada en forma de cono que se sumaba a las sombras de las sombras que rápidamente se presentaban como consecuencia del ritual, del canto y la oración. El evento constituía un paso fundamental en el proceso de la interpretación de la muerte, ese misterio que la gran mayoría de los mortales llevamos en el bolsillo y que probablemente llevaremos a la tumba quizá sin resolverlo, algunas civilizaciones, comunidades y etnias, prefieren abordarlo de frente y de fondo.

Los asistentes respetaban profundamente los dictámenes médicos convencionales, pero creían que hacían parte de un sistema de lenguaje básico que facilitaba la forma de decirle al mundo de qué morimos. Ellos, por el contrario consideraban que había una razón superior.

“¡A Manuel lo mató la ambición!”  Ese fue el veredicto final después de 4 días de intenso trabajo.

“Dejó que su ansiedad por adquirir, por retener, por acumular monedas y aplausos se desbordara hasta convertirse en tumor, en cáncer.

Volverá a nacer y ahora aprenderá a dejar morir en el camino, lo que le puede matar en definitiva.” 

Así concluía la misiva. Minutos después, partieron uno a uno, me quedé sentado en una roca pensando en lo que había sucedido allí, sentí agua fría correr por mi cuerpo, entonces me incliné y abrace la roca que me sostenía. Miré al costado y estaba en los brazos de otros Dioses que también en mí se sostenían.

Abrí los ojos y solo puede preguntarme:     

¿De qué morimos? ¿Qué es lo que nos lleva a que todo termine? ¿Cuáles son las comorbilidades que aún desconocemos y poco a poco toman forma y toman cuerpo? ¿De qué está compuesta cada enfermedad? Qué debemos dejar morir para que no nos mate?

¿Cuál es el veneno que nos está matando?

¿La inconciencia? ¿La avaricia? ¿La indolencia? ¿La envidia? ¿La vanidad? ¿El ego? ¿El poder? ¿El dinero? ¿El éxito? ¿El adormecimiento? ¿El temor? ¿La falta de amor? ¿O como a Manuel, la ambición?

Posiblemente todo fue un sueño, y los sueños muchas interpretaciones tienen. Hacerle frente a lo oscuro es el primer paso en busca de lo claro. Dejar morir lo que nos mata. Caminar con valentía por el sendero y reconocer las huellas que hacen grato tu camino y, sobre todo, despertar, despertar antes de morir, despertar para estar despierto cada día y saber identificar que hay detrás de la cortina.

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