El Heraldo
Opinión

El postre de la vida

Ser abuelo es ganarse el respeto sin discusión.

No existe un sinónimo de amor tan perfecto que se condense en una sola palabra y esa es: “Abuelo”,  este es un verdadero privilegio que sólo sentimos los que vivimos esa maravillosa etapa de la vida, y llegar a serlo es una bendición de Dios... Es una inyección de vida, aunque no lo crean rejuvenece y lo lleva a uno al éxtasis de la felicidad plena, de la sonrisa permanente, del sorprendernos con cada palabra y ocurrencia, es un paraíso.

Ser abuelo es ganarse el respeto sin discusión, es ratificar la sabiduría construida paso a paso con el tiempo y por ello es saber que cada cana, cada arruguita ha valido la pena, es tener siempre ante los demás la razón o por lo menos sabiamente discutirla y al final convencer.  Ser abuelo se traduce también en el buen consejo que se regala sin medir o calcular nada y frente a cualquier circunstancia que por más grave que sea se  convierte ante el otro en el alivio, respiro, en  la brisa para reconfortar y para creer que  siempre alcanzar los sueños es posible.

El abuelo es el refugio, la cueva y la complicidad para los nietos, el calor y entendimiento para ellos cuando sienten y afirman que sus padres no los comprenden, es el ancla de sus vidas, el silencio cómplice hasta de sus mínimos caprichos. Queramos o no, nos convertimos en el punto de encuentro de la familia; alrededor de nosotros se dignifican las tertulias en casa y por supuesto especialmente con los nietos muchas veces no necesitamos hablar para ser escuchados, somos capaces de comunicar solo con una mirada, un gesto, una actitud.

Nuestra dimensión de abuelo logra entender y saber, como si se desarrollara el bien llamado “sexto sentido”, así no nos lo comuniquen, qué le preocupa a nuestros seres queridos y guardamos silencio prudente para solo esperar que al final del día se nos acercan donde el desahogo se hace evidente y con nuestro abrazo se calma el huracán y surgen nuevos vientos de esperanza. Nuestra fortaleza no está ya en caminar rápido o actuar físicamente como un robot, nuestra fortaleza va más allá  y se funde con la verdad y como expresión con honor del deber cumplido. Por ello, pocas veces nos arrepentimos de los errores cometidos, sabemos que los episodios de la vida para bien o para mal simplemente han sucedido porque estaban ahí en el camino y que por más esfuerzos de esquivarlos lo más sabio fue tener que afrontarlos y resolverlos siempre con fe. Ahí está precisamente la esencia y la  sabiduría de nuestra historia y que solo detectamos cuando nos convertimos en abuelos.

Ante los nietos, ya nosotros convertidos en abuelos pareciera que los hijos quedaran rezagados y puestos a un lado, por algo dicen: los padres crían y los abuelos malcrían. Sin embargo, ante esta circunstancia que nos regala Dios, la prioridad que nos surge es que  debemos saber repartir el amor que en nosotros ya es infinito, tenemos para todos y lo entregamos como una fuente de agua pura que nunca se agota o se detiene y calma la sed de los nuestros en abundancia si se requiere.

¡Señores, ser abuelo vale la pena, es el verdadero postre de la vida!

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