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El retorno de los brujos

La vacuna se inventó hace más de 50 años y la enfermedad se consideraba erradicada en los Estados Unidos desde hace 20. La ley estatal permitía no vacunar a los hijos por “creencias personales”. Los epidemiólogos explican que una comunidad genera una protección colectiva contra esa epidemia si el porcentaje de no vacunados se mantiene por debajo del 8%.

Esta columna, escrita desde Madrid y publicada aquí el 6 de julio de 2015, editada por razones de espacio, cobra hoy inusitada y lamentable actualidad:

El lunes pasado murió “el niño de Olot”. Tenía seis años, por su corta edad no se supo su nombre, pero sí que vivía en ese pueblito catalán, que llevaba un mes con difteria, no había sido vacunado y tenía sus riñones, pulmones y corazón deteriorados. Sus padres afirmaron haber sido engañados por activistas del movimiento antivacunas y, temiendo supuestos efectos malignos, expusieron su hijo a la muerte.

En el caso hay un héroe, el doctor Stephan Schneider, quien diagnosticó la enfermedad a pesar de no haber habido casos en España desde hacía 28 años. Ello permitió identificar y aislar a 8 niños contagiados, vacunados y asintomáticos, que podrían haber contagiado a otros. El interés científico de Schneider nació de las secuelas que la enfermedad había dejado a su abuelo; hace 4 años, por un caso de difteria en Francia, había alertado sobre la posibilidad de que resurgiera en España debido a temores infundados en la vacuna. A raíz del drama en Olot se pusieron en marcha iniciativas populares y del gobierno catalán para hacer obligatoria la vacunación.                                                                   

En California, el martes pasado, el Senado aprobó una ley que dificulta la opción de no vacunar. En enero de este año (2015), Disneylandia, en ese Estado, pionero de los grandes parques de diversión infantil, fue origen del peor brote de sarampión en ese país en lo que va del siglo: 160 personas se contagiaron.

La vacuna se inventó hace más de 50 años y la enfermedad se consideraba erradicada en los Estados Unidos desde hace 20. La ley estatal permitía no vacunar a los hijos por “creencias personales”. Los epidemiólogos explican que una comunidad genera una protección colectiva contra esa epidemia si el porcentaje de no vacunados se mantiene por debajo del 8%. En algunos condados ricos de California ya ha llegado al 14%. Para controlar la epidemia de insensatez, la nueva ley elimina el argumento de las creencias personales y prohíbe la presencia en guarderías y escuelas públicas o privadas de niños sin vacunar para proteger a los demás. Quienes no vacunen a sus hijos tendrán que educarlos en su casa.                           

El método científico, que somete las teorías a rigurosas pruebas empíricas, que exige que estas sean replicables y que permite que sean refutadas, ha dado a la humanidad en el último par de siglos innumerables progresos materiales y de salud disponibles hoy a miles de millones de personas. Sin embargo, parece haber ahora más incrédulos en la ciencia que en los proselitistas contra las vacunas, que no someten sus hipótesis a ninguna prueba exigente. El científico español Rafael Bachiller rechaza que los difusores de cualquier fantasiosa creencia pretendan endosarle a la ciencia la tarea de demostrar su invalidez. Tal vez no sea coincidencia que un mundo más propenso a creer en la brujería que en la ciencia haya cambiado a Julio Verne por Harry Potter.

Rsilver2@aol.com                   

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