En Colombia, la actividad política ha llegado a tal extremo de degradación que la expresión «políticamente correcto» debería ser considerada una antítesis. Pocas cosas hay más incorrectas que la política, luego lo «políticamente correcto» validaría esa incorrección y ser «políticamente incorrecto» sería a su vez lo aconsejable, es decir, lo correcto. Se entiende, por lo demás, que en tiempos tan aciagos se solicite el compromiso de todos los sectores de la sociedad, pero ni siquiera ese propósito, tan loable y urgente desde el punto de vista ético, justifica la ruinosa instrumentalización estética de la literatura.

Pongamos el ejemplo de la novela policíaca, surgida en suelo norteamericano de la pluma de Edgar Allan Poe. En este tipo de obras, el orden es temporalmente quebrantado por un enigmático crimen, momento en el cual sobreviene el caos. Surge entonces la figura del detective razonador para resolver el crimen, reestablecer el orden y poner al criminal en manos de la justicia. Un inglés, sir Arthur Conan Doyle, tomó al calco el modelo de Los crímenes de la calle Morgue, lo perfeccionó y Sherlock Holmes terminó por ser más famoso que Auguste Dupin.

Sin embargo, el modelo de Poe no funciona tan bien en una sociedad como la nuestra, donde la «anomia» se ha instalado de manera permanente. En un medio donde cualquier avivato puede burlar las leyes sin violarlas, o violarlas sin castigo, donde el anuncio de una investigación «exhaustiva» equivale a un decreto de impunidad, el investigador no puede ser otra cosa que un «currutaco de alfeñique». Un héroe enclenque, destinado a ceder su protagonismo a un nuevo antihéroe, caótico y políticamente incorrecto: el criminal.

Por eso la «novela de crímenes» prospera como la flor del verano, mientras los investigadores de Santiago Gamboa languidecen de impostura. ¿Si todo es arcilla para el alfarero, debemos prohibirles a los escritores del crimen utilizar una de las materias primas más abundantes del país? ¿Y si la usan, debemos exigirles que enjuicien a sus malevos para que el lector no tenga la menor duda de su incorrección? No haría falta sino la moraleja para estar de vuelta en la Edad media.

En 1827, se publicó en Inglaterra «Del asesinato considerado como una de las bellas artes», obra que habría horrorizado a los colombianos. Por fortuna, estábamos demasiado ocupados fraguando el asesinato de Bolívar. En ella, Thomas de Quincey se atreve a postular una perturbadora contradicción entre ética y estética, al proponer con mordacidad y erudición que un crimen perfecto no solo puede producir goce estético, sino que puede incluso ser estudiado como una obra de arte. No faltará quien afirme que el autor se la fumó verde. Y habrá que reconocer que, efectivamente, era un adicto. Pero esa tragedia le sirvió para escribir otra obra valiosa: Confesiones de un opiómano inglés.

¿Si la agudeza de Flaubert consistió en «escribir bien lo mediocre», por qué no puede ser legítima en Colombia la aspiración de «escribir bien lo criminal»? El problema no son los monstruos literarios, sino los hampones de hueso y carne que pululan en nuestro entorno. Con más educación, equidad y justicia social, estos y otros muchos malandros se esfumarán de nuestra realidad. Para que la literatura pueda seguir hablando al mundo de vida y esperanza, debe poder seguir hablando de crímenes y vejámenes. Así esto sea políticamente incorrecto.