El Heraldo
Opinión

La pobreza política

Si realmente hay una preocupación por avanzar debemos bajarle al ruido, subirle al diálogo, y buscar escenarios de confianza colectiva.

Con independencia del resultado definitivo, que está todavía enredado mientras escribo estas líneas, las elecciones presidenciales del Perú dejan un sinsabor general. Esa sensación no está únicamente motivada por los inconvenientes de las posturas políticas que representan Castillo y Fujimori, que son varios, sino también por las bajas cualidades de los candidatos que las encarnan y por las pobres aspiraciones de los electores, que por supuesto también han tenido que ver con el desmejoramiento. Algo ha salido mal.

Salvo el desastre del narcotráfico y la persistencia de movimientos guerrilleros, una característica que en Latinoamérica solo es comparable con lo que sucede en México, al revisar la prensa peruana no sorprende que las explicaciones señalen situaciones similares a las nuestras. Rechazo al establecimiento, a las instituciones, al centralismo (que en Perú es más notable que aquí), inconformidades con la desigualdad y la corrupción, además de las secuelas de la pandemia, que previsiblemente fue mal manejada. Todo ello abonó el camino de la polarización en ese país, lo mismo que ha pasado con varios de los procesos electorales durante los últimos tiempos, no sólo en nuestro continente, sino incluso en Estados Unidos, España y el Reino Unido. Tal parece que ante malestares coincidentes y con el intenso voceo de las redes sociales, la respuesta inmediata es arrimarse irreflexivamente a algún extremo para salvaguardarse del otro, sin que importen mucho las consecuencias. Lo deseado es que los demás pierdan, que lo pasen mal, como si la justicia, o su interpretación, dependiera del aniquilamiento del que no está de acuerdo con ciertos dogmas. Seguimos acelerando con euforia y arengas hacia pírricas victorias, anhelando que el capitán de la nave sea de nuestro color aunque naufraguemos en el proceso: lo que entusiasma es la derrota del rival, no el bienestar de todos.

La política está perdiendo relevancia. De nada sirven los argumentos y las propuestas bien planteadas cuando no se quieren entender, cuando la rabia, el desprecio y la frustración le ganan a la lógica y se prefiere al que más grite. Posiblemente por eso no nos libramos de personajes como Trump, Bolsonaro, Johnson, Chávez, Ortega y López Obrador, incapaces de comprender los matices y sordos a las notas que les fastidian. Entonces, ¿Cómo enfrentarse a los perros que ladran cuando la multitud los aplaude y apoya? ¿Qué motivación puede tener el que prefiere la razón y los datos, frente al delirio de las masas?

Los políticos que dejaron de escuchar lo que no les convenía, son los grandes responsables de lo que está pasando. Por años se acomodaron dentro de sus maquinarias y abandonaron el esfuerzo, mientras el malestar crecía desatendido, listo para ser aprovechado por cualquier oportunista. Bastaba con prestar un poco más de atención. Así vamos, decidiendo entre opciones desaconsejables, con el mal menor como guía de supervivencia y la venganza a flor de piel. Si realmente hay una preocupación por avanzar debemos bajarle al ruido, subirle al diálogo, y sobre todo, buscar incesantemente escenarios de confianza colectiva lo antes posible.

moreno.slagter@yahoo.com

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