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Columnas de opinión
Actualizado hace 1 años

La identidad de la cultura

El martes compré una antigüedad en Red Lodge, Montana. Me atendió Bob, veterano de la guerra de Vietnam, quien me dijo que se había mudado de Washington D.C. después de trabajar por muchos años en el Pentágono. “Aquí estoy tranquilo”, me dijo. La tranquilidad, aunque física, también es, como mucho en la vida, pura percepción. Uno se siente más o menos tranquilo; más o menos seguro; más o menos próspero. Pero una cosa que he llegado a entender, después de manejar más de 800 millas entre Wyoming y Montana (parte de esa América profunda), es que la percepción de tranquilidad se traduce en decencia y cordialidad. La profundidad de este territorio –que se debate constantemente entre el desgarro de un pasado bañado en oro y un presente estático– se malinterpreta, desde afuera, sobre un miedo infundado por lo desconocido. A pesar del clima político que informa a los Estados Unidos, y a pesar de mi sesgo natural por partes de este país que están entre el nacionalismo más acérrimo y la tradición, este es un país poético que tiene una cultura que apenas está madurando, que apenas transiciona hacia un entendimiento de lo que significa ser.

Aquí las carreteras parecen infinitas. El silencio ensordece al mismo tiempo que las vistas de océanos de tierra tienen belleza y gramática. Los valles desérticos se confunden con las planicies policromáticas de maíz, bisontes, búfalos, caballos salvajes, pedazos de chatarra y casas solitarias. Cada pueblo que paso tiene alguna referencia a las tribus locales (Sioux, Cheyenne, Crow, Shoshone, etc.) y cada pueblo, incluso uno con 519 habitantes, tiene una suerte de museo. Es una realidad, pero así va la historia: los pobladores originales ahora no son más sino souvenirs y paisaje. Pero por estos lares todo guarda un secreto y todo guarda un significado mucho más potente que el literal. Aquí los pinos te hablan y las calles te invitan a imaginar un pasado de vaqueros, indios y oro. Bob me dice, “A finales de 1800, aquí había de todo: licor ilegal, jarabe adulterado, peleas y masacres. Pero siempre hubo un orgullo fuerte por ser de esta tierra. Me imagino que ustedes tienen lo mismo”. ¿Lo tenemos? Creo que sí, pero de manera diferente. A nosotros todavía nos falta descubrir más nuestra propia región, nuestro propio país, nos falta salir y perdernos y equivocarnos y malentender nuestro contexto para así llegar a unas respuestas más claras sobre lo que en realidad necesitamos como cultura.

Nuestra humanidad, esa que en el fondo es igual partes decente y violenta, será el sino de nuestro desarrollo. Pero si pretendemos acabar con la entropía natural de nuestra cultura al asignarle categorías, corremos el riesgo de perder precisamente esa esencia... y fue así, como después de 10 minutos hablando con Bob en el Red Lodge Antique Mall, pagué $150 dólares por un pedazo de su cultura.

antonio.celia@nyu.edu

Imagen de cheyenn.lujan

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