El Heraldo
Opinión

La cruda realidad

Nuestro mercado laboral está repleto de muy buenas intenciones. La cruda realidad es que las intenciones no se traducen en mayor productividad, remuneración y bienestar para todos. La informalidad laboral no es un desafío por sí solo, implica la interacción de muchos incentivos plasmados en nuestras leyes, decretos y sentencias. Lo relevante de esta Misión es que logre concretarse el camino a recorrer.

La Misión de Empleo entregó un diagnóstico desafiante sobre el funcionamiento del mercado laboral colombiano: las altas tasas de informalidad laboral son una trampa sin salida que conduce a la mayoría de los trabajadores a un retiro sin ingresos garantizados. Es tal la complejidad de la informalidad laboral que al mismo tiempo es causa y efecto de una baja productividad. Las raíces de esta situación son tan profundas que el propio jefe de la Misión, Santiago Levy, pidió no intentar solucionarlo todo “de un solo jalón” sino de trazar un camino e ir recorriendo paso a paso para evitar dañarlo todo.

El primer ingrediente para ser formal laboralmente en nuestro país es tener ingresos superiores a un Salario Mínimo Legal Mensual Vigente (SMLMV). Sobrepasar ese umbral es una realidad solo para la mitad de los trabajadores que están facultados para hacer aportes a la seguridad social integral. De ahí en adelante, a cada trabajador le espera alcanzar la estabilidad necesaria sobrepasando otra cantidad considerable de obstáculos en las reglas de juego del mercado laboral. Por ejemplo, tan solo una tercera parte de los afiliados en Colpensiones logra hacer cotizaciones continuas desde enero a diciembre en un mismo año, el resto lo hace por once meses o menos tiempo, o incluso, ninguna vez.

Referirse al salario mínimo como el enemigo público número uno para el buen funcionamiento del mercado laboral colombiano es controversial. Preferimos la certidumbre de un salario mínimo al cual aspiramos, en lugar de la realidad que nunca vamos a alcanzar. En términos absolutos, el salario mínimo es visto como un umbral insuficiente para lograr un cierto nivel de vida ideal y sobre el cual se encienden discusiones de justicia social cada vez que se habla de su incremento. Es imposible bajar el salario mínimo de manera concertada si esa fuese la salida. En términos relativos, el SMLMV es visto como un hito inalcanzable al estar alejado de los ajustes de la productividad laboral. Para alguien desprevenido la solución podría parecer la de aumentar la productividad laboral en lugar de reducir el salario mínimo. 

Lo sensible de este asunto es que la misma Misión identificó que no es posible aspirar a que la productividad laboral mejore al tiempo que las reglas de juego de nuestro mercado laboral facilitan que empeore. Por un lado, los trabajadores que ganan menos del salario mínimo tienen incentivos para estar en esa condición cuando se acercan al umbral. La protección social invita a los individuos a tener acceso a una cantidad amalgamada de subsidios si permanecen en la informalidad. El camino hacia la formalidad está lleno de impuestos reflejados por la pérdida de los subsidios y el cobro de descuentos salariales por servicios que deben ser adquiridos de manera contributiva, tal como la salud. Por otra parte, las empresas tienen incentivos a permanecer pequeñas con productos de muy bajo valor agregado. Esto para pasar desapercibidos y huir de las regulaciones que implica ser formal. El lector que haya administrado una nómina de trabajadores sabe a qué me refiero.

El final de todos como trabajadores está en el retiro laboral. En materia pensional el tiempo transcurrido y las decisiones tomadas son irreversibles, es tarde cuando nos encontramos en avanzada edad. La Misión es enfática en mencionar que ante este tipo de finales se contemple abandonar el sistema de protección a la vejez tal como lo conocemos. La razón es que las pensiones son una promesa rota que, al ritmo del funcionamiento actual, solo pueden alcanzar quienes trabajan en promedio alrededor de 50 años de su vida, ininterrumpidamente. La propuesta es la de no hacer más promesas que alejan a los trabajadores de una mayor productividad, creando un ingreso universal para todos quienes alcanzan la edad de retiro, financiado por impuestos de fuentes distintas a aportes de trabajadores o empleadores. 

Nuestro mercado laboral está repleto de muy buenas intenciones. La cruda realidad es que las intenciones no se traducen en mayor productividad, remuneración y bienestar para todos. La informalidad laboral no es un desafío por sí solo, implica la interacción de muchos incentivos plasmados en nuestras leyes, decretos y sentencias. Lo relevante de esta Misión es que logre concretar el camino a recorrer.

*Presidente de Colpensiones

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