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Opinión

En el espejo de la ficción

Las acciones de los individuos son las que determinan la suerte de la ciudad.

 “... lo que es verdadero de todos los males de este mundo lo es también de la peste. Despierta lo mejor en algunas personas”. Son las palabras de la novela La Peste del escritor Albert Camus, que por estos días ha multiplicado sus ventas en Europa y Estados Unidos, muy seguramente como resultado de la pandemia del coronavirus-2 del síndrome respiratorio agudo grave (SARS-CoV-2).

Camus es un gigante de la literatura universal. Aunque su vida fue corta, es uno de los escritores cuyas palabras trascienden el paso del tiempo. Escribió La Peste como una alegoría de la ocupación Nazi de Francia durante la Segunda Guerra Mundial. La plaga que cae sobre la ciudad de Orán es como la derrota militar que cayó sobre Francia en 1940. Muchos en la Francia ocupada pensaban como el personaje del sacerdote Paneloux en la novela –y como deben haber pensado otros con la aparición de SARS-CoV-2–: “Hermanos míos, lo han merecido”.

Cuando la peste llega a Orán nada parece cambiar, los habitantes continúan con sus vidas en los restaurantes y las terrazas. Los dirigentes de la ciudad ignoran la enfermedad. Hasta que los ciudadanos comienzan a morir. Parece que ya no hay nadie que puede proteger a los habitantes, ni los administradores, ni los médicos, ni Dios. Los planes se detienen cuando la plaga toca a la puerta de su ciudad. Las acciones de los individuos son las que determinan la suerte de la ciudad y sus habitantes.

La Peste no es una parábola. Es más bien un espejo en el que se ven la sociedad y los individuos ante una realidad que les supera y recuerda que “...lo que es natural es el microbio. Todo lo demás –salud, integridad, pureza– es producto de la voluntad humana, de una vigilancia que nunca debe fallar”.

Esa vigilancia en últimas recae en cada individuo. Es usted quien decide proteger toda su ciudad, su barrio y su familia al lavarse las manos, al evitar reuniones, al minimizar el contacto social y quedarse en la casa. Es usted el que rompe la cadena de contagio. Es usted el que libera una cama en el hospital para quienes experimentan los síntomas más graves, usted es el que le da un chance de pelear contra la enfermedad a los médicos, enfermeras y profesionales de la salud que le dan la cara a la epidemia.

Muchos de los infectados por el SARS-CoV-2 no experimentan síntomas más allá de los de un resfriado común. Pero ellos son los vehículos en los cuales viaja el virus hasta las personas para las cuales los síntomas serán graves y, en muchos casos, fatales. En estos momentos la cantidad de enfermos, los que han sido sometidos a una prueba, se dobla cada 2 o 3 días en Europa, dependiendo del país. También se doblan las víctimas fatales.

Las drásticas medidas implementadas por los gobiernos europeos, restricciones a la movilidad y al comercio sin precedentes desde el final de la Segunda Guerra Mundial, tienen como objetivo evitar que el final del mes de marzo llegue con un número de infectados que desborde el sistema de salud. Esta puede ser una visión del futuro si las medidas de higiene y aislamiento voluntario en Colombia no logran frenar el avance de la epidemia. Pero ni la virgen de Chiquinquirá nos va a salvar si usted no entiende que el número de afectados le pertenece y es el resultado de las decisiones que usted tome, no mañana, hoy.

A lo mejor esa es la esperanza que nos deja el pensamiento de Camus imbuido en los personajes de su novela, la mayoría de la gente es mejor de lo que se piensa, “solamente hay que darles la oportunidad”.

(@juandiegosolerp)

PhD. Astrofísico colombiano residente en Alemania.

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