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Opinión

Mi cuarentena en Marte

A Rafael Bassi Labarrera, in memoriam

Aunque todos sabemos bien que el curso de los actos de nuestra vida está siempre acechado por el misterio, cada vez que estamos en presencia de uno de éstos nos asombramos tanto como si ignoráramos esa verdad elemental.

¿Por qué leí Crónicas marcianas en la primera semana de este abril desolado que ya termina mañana? Por dos razones: 1) porque hacía mucho tiempo que tenía la clásica novela de Ray Bradbury, publicada en 1950, como una importante asignatura pendiente, sobre todo después de haber leído y releído con gusto Fahrenheit 451; 2) porque el pasado 20 de marzo encontré un excelente pretexto para satisfacer por fin ese viejo deseo, ya que ese día me enteré de que Crónicas marcianas había sido escogida como la obra que iba a ser objeto del tradicional maratón de lectura que organiza cada 23 de abril la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) para celebrar el Día del Libro.

Es decir, mi decisión de hacer esta fantástica excursión interplanetaria a bordo de la imaginación del gran escritor estadounidense no tenía nada que ver con la crisis mundial en medio de la cual la tomé, máxime que en Colombia todavía no habíamos vivido en carne propia la dimensión terrible que ya ésta había adquirido en buena parte del mundo. Y, además, porque, por otro lado, ¿qué motivo tendría para vincular la pandemia global de la enfermedad causada por un nuevo virus con un relato de ciencia ficción que, hasta donde llegaba mi conocimiento, trataba sobre la colonización de Marte por parte de los terrestres?

Y sin embargo, después, ya en cuarentena, mientras lo leía, me maravillaba cada vez más de que estuviera leyendo esa historia, o esa serie de historias, justamente en el contexto de lo que estaba ocurriendo en el país y en el mundo entero. Para hacerme entender mejor, me bastaría con citar el pasaje en que un personaje, el padre Peregrine, evoca algo que sucedía en su infancia en Estados Unidos: “Escuchábamos sobre guerras en China. Pero nunca les creíamos. Estaba muy lejos. Y había demasiada gente muriendo. Era imposible”. Sustituyan la palabra “guerras” por la frase “una epidemia” y tenemos una referencia exacta a lo que le está ocurriendo hoy por hoy a Estados Unidos, y a lo que nos sucedió también en Colombia durante tres meses, entre comienzos de diciembre de 2019 y el 6 de marzo de 2020, día en que se anunció el caso confirmado de la primera persona infectada por el nuevo coronavirus dentro de las fronteras nacionales.

 Las estupendas Crónicas marcianas, en efecto, parecen inspiradas en la situación que está desarrollándose a nuestro alrededor, de modo que cada tanto uno se topa con episodios y reflexiones profundamente escépticas y críticas que le hablan con precisión admirable a la humanidad a propósito del estado de turbación en que ahora se halla (por lo demás, la ocurrencia de los hechos narrados en el libro, en su edición original, está situada entre enero de 1999 y octubre de 2026).

Así, si bien las primeras expediciones a Marte tienen al parecer sólo un carácter netamente científico y sólo se proponen por tanto expandir el conocimiento del ser humano sobre sus vecindades en el sistema solar, las que se suceden después de la cuarta, una tras otra, en vuelos que se tornan casi rutinarios, corresponden a un proceso de colonización del Planeta Rojo y el incremento masivo del número de terrestres que participan en ellas se debe a la necesidad de escapar de numerosos factores que han causado un grave deterioro a la habitabilidad de la Tierra: “La política, la bomba atómica, la guerra, los grupos de presión, los prejuicios, las leyes”, como dice otro personaje en el mismo pasaje citado.

Sin duda, esos factores siguen vigentes en la actualidad, y si a ellos se agregan la crisis climática y la específica y coyuntural crisis de la pandemia de la covid 19, el lector encuentra también razonable y estimable la posibilidad de emigrar rumbo a Marte.

Pero, al avanzar la trama de Crónicas marcianas (que es una novela –o “media prima de una novela”, como zanjó el propio autor–, pero que también se puede leer como una colección de cuentos), sucede algo que revela la visión profundamente desencantada e irónica de Bradbury respecto a la humanidad: los terrestres, luego de haber fundado pueblos y ciudades en Marte, deciden volver a la Tierra justamente para combatir en la gran guerra apocalíptica de la que presuntamente han estado huyendo y el resultado es que casi todos perecen en ella. En definitiva, el homo sapiens no tiene salvación alguna: ¡su ethos violento, su instinto tanático lo pierden por completo!

Tal es la conclusión a la que llega uno al terminar el libro, lo que comporta un sabor moral más que amargo. Pero lo bueno de la buena literatura es que el desaliento o incluso la aflicción que te pueda producir vienen envueltos en un paquete inconsútil de satisfacción estética, que en el caso concreto de Crónicas marcianas tiene mucho que ver con la espléndida imaginación fantástica –sobre todo visual o visionaria– del “hombre de Illinois”, como lo llamó Borges.

@JoacoMattosOmar

 

 

 

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