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Cruzando fronteras

Dos libros que tratan el tema de la peste y sus consecuencias.

El siglo XXI está próximo a completar sus primeros 20 años y ya suma dos pandemias, una por cada década. La primera fue la gripe A (H1N1), que, entre 2009 y 2010, causó entre 150.000 y 575.000 muertes en los cinco continentes, según las últimas cifras de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de EE. UU. (El brote de la enfermedad por el virus del ébola, entre 2014 y 2016, no alcanzó a ser una pandemia).

Esta segunda plaga global, causada por el nuevo coronavirus, es hoy por hoy, como se sabe, el tema principal de conversación tanto pública como privada. En los medios de comunicación, incluidas las redes sociales, cada quien lo aborda desde la perspectiva propia de su disciplina profesional, oficio o simple interés: política, social, sanitaria, económica, científica, ética, histórica, artística, literaria, etc. Esta última, por ejemplo, ha dado lugar a que escritores, críticos y lectores, por un lado, hayan pasado revista a las más importantes obras literarias que tratan sobre pestes; y por otro, a que se organicen lecturas colectivas de algunas de tales obras, como es el caso de la que está haciendo un grupo de tuiteros del Decamerón, de Boccaccio. 

Yo he optado por repasar algunas de las páginas de La peste, de Camus, que, junto con Ensayo sobre la ceguera, de Saramago (títulos que también han sido incluidos en dichas recapitulaciones), son de los más admirables libros que he leído sobre el tema, en especial por la ambición que anima a cada uno de reconstruir por completo un cataclismo de vastas proporciones. También me interesa apreciar en ellos el modo en que la calamidad pública pone a prueba la calidad ética de los personajes afectados: algunos se encumbran como unos titanes de la solidaridad, de la resistencia y del amor por los semejantes; otros, por el contrario, enseñan el cobre barato de su egoísmo y su ventajismo, tal como vemos que está sucediendo por estos días en varias partes del mundo.

Al enterarme de que Wuhan, con una población de 11 millones de personas, lleva casi dos meses en estado de absoluto aislamiento, no tuve dificultad para imaginarme la vida cotidiana de sus habitantes, pues en el curso de las páginas de La peste uno ve y siente cómo viven día a día los residentes de Orán, que permanece también cerrada e incomunicada durante el tiempo que dura la epidemia (casi un año), si bien la ciudad argelina tiene en la novela sólo 200.000 habitantes. Ésa es la otra peste que sufren quienes son sometidos al rigor de la cuarentena: la del exilio interior, la de la separación. 

En la novela de Camus —cuyas ventas “ya se han disparado”, según informa la periodista española Berna González Harbour—, el personaje principal, el médico Bernard Rieux, mientras la infección empieza a expandirse por Orán, recuerda algunas de las pestes de otros tiempos registradas por la historia: la plaga de Justiniano, que, en el siglo VI, según el historiador Procopio de Cesarea, “había causado diez mil víctimas en un día” en el Imperio romano de Oriente; la peste que asoló la ciudad china de Cantón en 1894, y en la cual “cuarenta mil ratas murieron (…) antes de que la plaga se interesase por los habitantes”. Pero en la novela no se cuenta que los oraneses se dedicaran a leer libros sobre estas pandemias, como ahora nos proponen, como he dicho, algunos literatos, y cuyo consejo yo mismo he seguido al menos parcialmente. 

El ejercicio me parece estupendo, pero dudo que muchos, aunque lo quisieran, puedan practicarlo, y mucho menos tal como algunos lo han caracterizado: con whisky a la mano y como una mera forma de entretener los encierros forzados. ¿La razón? Pese a las restriccciones sociales y de oportunidades laborales, hay que salir a la calle a guerrear el pan de cada día.

Un capricho final. En El amor en los tiempos del cólera, de García Márquez, se equiparan los síntomas de aquél con los de éste. Yo he estado pensando por estos días en otro rasgo que aproxima el amor a las epidemias y pandemias: tanto él como ellas son transfronterizos; y para darme la razón, acuden siempre a mi memoria los versos amatorios de Rafael Escalona: “Ay yo creo que cruzó la frontera / pa vení a meterse en mi alma” (esto es, para infectarme).

 

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