El Heraldo
Opinión

Se puede sin insultos

A cada pronunciamiento venenoso de un líder, no solo político, otro responde con una carga emocional de igual o peor calibre. 

Que dos intelectuales, que marchan en orillas opuestas, se pongan de acuerdo es muy difícil, pero se puede conseguir que firmen una carta sobre el derecho a discrepar, y a ser tolerantes, a propósito de la justicia racial y social y de la mayor igualdad e inclusión. Lo logró recientemente con 150 pensadores la revista Harper’s de los Estados Unidos.

Encontré en la lista de firmantes a Noam Chomsky, Margaret Atwood, Francis Fukuyama y Michael Ignatieff, que son los que más conozco. A Noam Chomsky lo leo desde hace tiempo, sobre todo cuando se enfocaba en su especialidad que es el lenguaje. Ahora brilla más por sus ideas sobre la responsabilidad pública del intelectual y por su activismo contra el capitalismo.

En términos filosóficos, no tan fáciles de seguir, Francis Fukuyama explica en “Confianza” que en sociedades más prósperas la capacidad de asociación y de convivencia depende de que sus miembros compartan normas y valores que faciliten a sus integrantes subordinar los intereses individuales a los más amplios del grupo. Esa es la base de la confianza mutua que uno sueña para un país como el nuestro, donde el pleito y la sospecha de toda clase son pan  de cada día.

Veo con agrado que el canadiense Michael Ignatieff ha firmado la carta. Su magnífica biografía sobre el filósofo Isaiah Berlin, que tengo muy subrayada, me llevó a sus escritos por su forma, elegante pero firme, de abogar por una sociedad en donde los radicalismos encarnizados de derecha e izquierda, los fascismos, -que lo son-, de uno y otro bando, se depongan en aras de consensos más constructivos.    

En un ensayo deliciosamente escrito, titulado “Mientras saltamos el foso”, que es el foso del coronavirus actual, Atwood nos invita a reencontrarnos con la vida y a celebrarla con cosas sencillas cuando volvamos a la normalidad. Sin que esa sea la finalidad, descubro en su ensayo una aguda explicación para adherirse a la carta de Harper’s.

Parte de las tácticas antidemocráticas actuales consisten en lo que ella llama la amenaza del “apagón totalitario de la información y el debate”. Y anoto esta idea, que no excluye el respeto por el otro :  “pese a la aversión que podemos sentir hacia algunos, hay que entender que eso hace parte de lo que es una comunidad”, si no “pregúntaselo a alguien que viva en una ciudad de provincia”.

Aunque la carta de Harper’s se refiere a la intolerancia manifestada en el debate público norteamericano, su espíritu no es ajeno a lo que preocupa en el escenario colombiano. La discrepancia argumentada es menor que la condena fulminante del otro.

A cada pronunciamiento venenoso de un líder, no solo político, otro responde con una carga emocional de igual o peor calibre. Este peligroso ejercicio del debate público ha permeado en los medios de comunicación, sin que falten las redes sociales en las que ya son demasiados los que rebajan al supuesto contrincante con sus insultos y cero argumentos. Pienso que los ciudadanos podemos ser más exigentes con los líderes y los comentaristas para que eleven el nivel del debate. 

 

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