Tanto el presidente Trump, de Estados Unidos, como Ortega, de Nicaragua; o Maduro, de Venezuela, tienen mucho que esconder o imponer y por eso tratan a la prensa como enemigo de cuidado.
Trump sostiene una guerra verbal contra los medios porque la constitución de su país no tiene los burladeros que sí aprovechan Ortega y Maduro. Ortega allana sedes de medios y en complicidad con el Congreso declara, cuando le conviene, que incumplen requerimientos legales para cerrarlos. Desde su vecindario, el presidente de Costa Rica ha denunciado: “El recrudecimiento del acoso y represión contra los medios”. En Venezuela a los 30 diarios clausurados se agregó la de El Nacional que, después de una historia de 75 años, sufrió esa cuasi muerte del paso desde el papel hasta la pantalla digital.
El gobierno dictatorial se las ha arreglado para silenciar medios: comenzó comprando periódicos, después asumió el control de las importaciones de papel y agregó lo que Human Rights Watch llama “La opacidad como sistema de desinformación”, que en manos del presidente Trump es un arma de dos cañones: con uno propone, al mejor estilo de la posverdad, sus hechos alternativos; con el otro promueve el descrédito de los medios en un intento de silenciarlos.
¿Por qué los poderosos se proponen como tarea urgente silenciar a unos contradictores armados solo con palabras y tan frágiles como las hojas de papel en que navegan sus palabras?
Como quedó dicho, porque tanto Ortega como Maduro o Trump tienen mucho que imponer y ocultar. Las relaciones de Trump con Putin, sus acciones conjuntas para influir en las elecciones de Estados Unidos con tecnología digital o las comprometedoras fotografías e informaciones sobre sus acrobacias sexuales de viejo adolescente con prostitutas y modelos tienen que ocultarse de la fiscalización de una opinión que reclama un mínimo de decencia presidencial y que potencia su fiscalización con los ojos ubicuos de los medios de comunicación.
Hay corrupción de por medio en Venezuela y Nicaragua, lo mismo que abusos de poder, que en cabeza de Ortega hacen recordar al Somoza que el Ortega sandinista combatió. Todas estas son historias que estos poderosos quieren silenciar mientras tratan de imponer la imagen que les conviene a golpes de publicidad.
Cuando periodistas y medios tienen la independencia y el valor de gritar que el rey está desnudo, se vuelven un peligro que se debe conjurar. Pero unos y otros existen para darle y ser la voz del ciudadano, en virtud de su derecho a gritar lo que el poder quiere silenciar.
Esta tarea la cumplen esos porfiados que no se venden por ningún oro. Que manejan como oro cada una de sus palabras y datos, y que actúan movidos por esa combustión interior de los apasionados por el bien de todos. A esos hombres nadie los puede acallar. Porque si no hablan ellos, gritarán las piedras.
Jrestrep1@gmail.com
@JaDaRestrepo








