Este es el momento preciso que menciona la historia acerca de otras pandemias en las que salieron a celebrar el supuesto final de la misma y el reinicio de aquella normalidad. El resultado puede ser uno de dos: no pasa nada o puede haber rebrotes. Un cara o sello peligroso si se tiene en cuenta el país en el que vivimos, su gobierno y su sistema de salud.
La realidad a mi derredor es una mentira de datos que se contradicen de la manera más aberrante y en lo que está comprometido desde el Estado hacia abajo, hasta el último computador o celular que recibe y envíe información que, además, está profundamente politizada y radicalizada con posiciones extremas en las que se pide la cabeza de cualquiera. No le creo a ninguna de esas informaciones.
La creencia general es que ya pasó el peligro y podemos salir a la calle “como si nada estuviera pasando”, en un alivio de una situación que nos mantuvo confinados contra nuestra voluntad, con todo lo que eso quiere decir. Después de la contención viene el desborde y la falta de cuidado en los actos individuales y sociales, una estampida en la que se olvida de forma repentina lo que se aprendió y con un final impredecible. Salir a la calle y ver esa supuesta normalidad, me resulta aterrador, es casi una actitud de ingenuidad colectiva en la que la mayoría de la gente trata de recuperar el tiempo perdido moviéndose “como antes”. Pero no es así.
Debo ser coherente como médico y, sin llegar a un trastorno paranoide, voy a extremar las medidas de cuidado de aquí en adelante, no confío en las medidas de seguridad de mi vecino ni de ningún espacio público o privado en la ciudad. Suena fuerte, pero es lo que estoy recomendando a mis amigos y familiares para que puedan apreciar de verdad el esfuerzo que hicieron durante todo este tiempo para permanecer libres de contagio, como me decía mi amiga Celia Cruz en una de sus cartas, lo importante no es llegar sino mantenerse.
Mi nueva realidad por mucho rato será ir a la Ips, encerrarme en un consultorio a hacer telemedicina con los pacientes y encerrarme en mi casa. La otra salida es a mercar, apunto en una lista lo que necesito para no tener que regresar ni pedir motoservicio y de regreso al encierro. A mis amigos les voy a enviar una foto, pues no me verán la cara en mucho tiempo por mi autoconfinamieto y porque, si me los encuentro en la calle, me verán con tapaboca quizás hasta diciembre. No acepto las visitas de ninguno que no me garantice su estado de salud (ya me han dicho de todo). Ahora es cuando más evito tocar superficie alguna y me lavo las manos con la misma regularidad.
Es el momento de reconocer el esfuerzo que se ha hecho para permanecer sanos en una situación tan delicada, la mejor forma de celebrar eso es cuidándose más. Decía Charles Darwin que la real inteligencia es la capacidad de adaptación. Es la hora de ser inteligentes.








