Hace un siglo, cuando Gavrilo Princip, un nacionalista de apenas 19 años asesinó al archiduque Francisco Fernando, no imaginó que ese 28 de junio de 1914 pasaría a la historia como el inicio de la Primera Gran Guerra. Bastaron un par de semanas para que el imperio austrohúngaro –del cual éste era heredero al trono– declarara la guerra a Serbia, donde había nacido aquel, lo que llevó a Rusia, aliada de Francia desde 1894, a apoyar a sus amigos eslavos. El 1 de agosto de 1914, Alemania lanzó entonces un ataque preventivo contra los rusos, llevando a Gran Bretaña a levantar el hacha de guerra contra los germanos. En adelante, todo sucedió tan rápido como cuando, con solo tocar una ficha de dominó, cae toda la hilera que le sigue en pie.
Por fortuna, con la conformación de la ONU –cada más inoperante–, luego de la Segunda Guerra Mundial la humanidad vive su mayor periodo de paz. Europa, política y económicamente integrada, ya ha padecido demasiado por cuenta de sus guerras. Pero –sabiendo que el hombre nunca sacia la ambición de ganar y retener poder–, lo que actualmente sucede en el resto del planeta asusta, pues aquel mismo “efecto cascada” de la Primera Guerra se ha repetido en la historia demasiadas veces.
Para no ir tan lejos, y la comparación es exagerada, en julio de 2001 se produjeron en Génova varias manifestaciones en contra de la reunión en esa pequeña ciudad italiana del G8. Una simple botella -¡una simple botella!– lanzada al aire por un muchacho borracho contra un carro de la policía, de inmediato generó uno de los acontecimientos de represión más tristemente recordados de este siglo. Trece años después, todavía no se sabe con exactitud cuántos fueron los muertos luego de que las “Fuerzas del orden” ingresaran a la Escuela Díaz, que albergaba a jóvenes periodistas extranjeros.
La guerra está siempre a la orden del día, solo basta el estopín que permita su explosión. De hecho, hasta hace pocos años tuvimos un presidente que, cada vez que necesitaba masajear el nacionalismo patrio, exaltaba sus malquerencias personales con el militarista vecino. Lo peor es que no eran pocos los que, de este lado de la frontera, exacerbaban su pirólisis. Y hasta todavía hay quienes, sabiendo que el odio siempre logra más adeptos que la paz, tan pronto despiertan ingresan a las redes sociales interesados en justificar sus ánimos incendiarios.
Aun sabiendo que el pacifismo nunca es absoluto, por más de lo que esos guerreristas –por fortuna cada vez menores– se esmeran en advertir desde sus muros, la prudencia nunca es un asunto de cobardes. Por el contrario, son ellos quienes olvidan o ignoran que a la guerra –como una manera de levantarse sus frágiles ánimos–, todos los ejércitos llegan cantando; pero los pocos soldados que quedan en pie, suelen regresar a casa llorando.
Lo más grave es que, como el caso del avión derribado por Rusia y los recientes enfrentamientos en Gaza, las guerras ya no suceden entre grandes ejércitos en tierra, sino por drones no tripulados por (y/o) contra extremistas, lo que significa que cualquier inocente puede pasar a ser víctima.
@sanchezbaute








