El Heraldo
Opinión

Virtud de los vicios

Que el gobierno sea proclive a la antidemocracia es una cosa, pero romper la institucionalidad es el colmo.

El fallo de un Juez ordenando la prueba para Covid para ingresar al país, obtuvo una respuesta no legal y antidemocrática del Ministro de Salud, quien anunció no acatarlo, como si esto fuese una opción. El argumento del gobierno es “la imposibilidad de aplicar dicha orden” cuando hasta hace unas semanas se exigía la prueba. El gobierno advierte que es absolutamente respetuoso de la ley y la justicia, pero que no la acata. Si no la acata no la respeta. Previamente había pedido explicaciones al Juez para ganar tiempo y luego no acatar; pareciese que no estaba interesado en conocer esas razones. No es la primera vez que el Presidente y sus ministros irrespetan y desacatan a los jueces, cuando no les conviene.

Si no se está de acuerdo con una decisión de la justicia, el deber es acatarla mientras se apela. La actitud de desacato a la justicia es un desprecio a la sociedad así se argumente un fin noble. Se soporta en que el fin justifica los medios. En nombre de algún bien o de un fin loable se violan derechos humanos, se dan falsos positivos, se “perfila” a los ciudadanos, hay limpieza social, se presentará una reforma laboral para reducir salarios y se es permisivo con actividades ilegales. No cumplir la ley, violarla y no acatar a las autoridades, ocasiona discriminaciones y genera costos para la ciudadanía. Es un ataque directo a la democracia. No respetar las instituciones es grave. Tener instituciones estables y legítimas no significa tener una mejor sociedad y un mejor gobierno, pero la inestabilidad y discrecionalidad y concentración del poder nunca producirán un buen gobierno. Es el camino al despotismo.

Criticamos a los ciudadanos que irrespetan a la policía o evaden la justicia, pero toleramos y perdonamos a los agentes públicos que incumplen las normas sanitarias, usan el avión presidencial para paseos privados, a las personas protegidas que utilizan vías exclusivas para el transporte público masivo y a la autoridad de tránsito cuando viola las normas viales. Banalizamos el irrespeto a las instituciones, el ultraje a la justicia y el incumplimiento de las reglas de juego.

Que el gobierno sea proclive a la antidemocracia es una cosa, pero romper la institucionalidad es el colmo. La democracia y la manera de vivir están siendo amenazadas. Nos dicen que nos podemos convertir en la Venezuela de Maduro por culpa de la oposición, que no está ni ha estado en el poder. Pero ya nos estamos convirtiendo lentamente en esa Venezuela que nos aterra. Ese país fue como Colombia es hoy, y terminó siendo tierra fértil para gobiernos autoritarios. Colombia en el presente es como era Venezuela antes del chavismo: un desastre que terminó alimentando y justificando el periodo siguiente, igualmente desastroso. Quienes han estado en el poder nos inducen a una encrucijada, a una sin salida, a esa Venezuela que hoy tememos. Se toman la precaución de alertarnos sobre este riesgo, para legitimar todas las arbitrariedades, injusticias, corrupción, abusos y cinismo de la dirigencia colombiana. Nos lo advierten para que aceptemos, como un mal necesario, a quienes siempre han estado en el poder. Estamos en la virtud de todos los vicios.

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