El titulo es:El placer de leer

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Columnas de opinión
Actualizado hace 1 años

El placer de leer

Amor de mi vida: cinco años sin ti. Un día como hoy, lo estoy reviviendo, soltaste la mano que me apretabas… Y sin querer, te fuiste. Recordar es volver a vivir. Y son tus recuerdos tan hermosos que me hacen dar gracias a la vida que propició nuestro encuentro. Y a ti, por tu calor amoroso en la dulce espera de nuestro hijo en mi vientre. Aquellas horas inolvidables, apoyados en la baranda del Rossini, con nuestros sueños arropados por la espuma de las olas rompientes, pensábamos cómo sería esta América del alma: nuestra gran bendición. La cuna de nuestros hijos. Tu tumba. Y espero que también la mía. 

Releo una de tus columnas en nuestro entrañable EL HERALDO: La Alegría de Vivir: “Ortega nos confidencia (en uno de los ensayos de la peculiar “revista” de persona a persona que era El Espectador) que todos los días despertaba, a las cuatro de la mañana, con esta plegaria hindú: “Dios remoto, dame alegría e inteligencia”. Luego acomodaba almohadas y edredones y comenzaba su jornada de trabajo, sentado en la misma cama, tres horas de lectura-estudio antes de su primer café, antes de cumplir su aseo y pasar a su escritorio a redactar el artículo para la prensa, el ensayo para la revista extranjera o la propia, o pergeñar el esquema de su clase en la universidad.

Alegre, elástico, trajeado, un poco a lo dandy, se dirigía a pie a la universidad. Su automóvil, conducido por su chofer, le seguía los pasos. En ocasiones, caminaba silbando contento como un pájaro al sol. Quizá en su mente iba trabajando aquella teoría del “origen deportivo del Estado”. Y es que el sentirse deportivo, alegre, en forma, de buen humor, es desde un punto de vista ontológico y metafísico, indispensable para la vida. (Para la razón vital).

Se podría objetar que estas apreciaciones pudieran estar muy sesgadas por la tendencia de una filosofía germanizante hacia la razón pura. Pero, aduciré, las aportaciones de un filósofo británico, que siempre será más pragmático, más pie en tierra y hasta racialmente antimetafísico: la razón práctica. (Confesaré una pequeña trampa: el británico a quien me refiero fue un gran utópico. Pero, frescos, la utopía, resulta ser la gran dinamizadora de la historia).

El caso es que Tomás Moro también despertaba con una plegaria: “Señor, dame una buena digestión, y, naturalmente, algo que digerir. Dame la salud del cuerpo y el buen humor necesario para mantenerla. Dame una mente que no conozca el aburrimiento, ni la queja ni los lamentos. No permitas que tome demasiado en serio esa cosa entrometida, que se llama, “yo”. Necesito como el aire, el sentido del humor: saber reírme de un chiste para que sepa sacar un poco de alegría a la vida y pueda repartirla a los demás”.

Era una de las obsesiones del amor de mi vida desde su más tierna infancia: la lectura. Le gustaba acariciar el tomo del libro como en agradecimiento por la felicidad que le suponía el placer de leer. Él decía: “desde aquellos días el libro ha sido mi prisión y mi libertad. Mi atadura y mi vuelo. Refugio y huida. Regazo y riesgo. Descanso y tormenta. Encuentro y búsqueda. Y, por sobre todas las cosas, fuente de placer y manantial de vida”. Es el placer de leer. 

Imagen de deniro_guete
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