Columnas de opinión
Actualizado hace 2 años

El legado de Hugh Hefner

Para cuando yo nací la revista Playboy era tan icónica, tan parte de la cultura pop, que mi abuelita me compró unos aretes con el conejito y me los regaló para usarlos cuando yo tenía ocho años, sin verle malicia a la cosa. Nunca pude ver una revista Playboy, pero se decía que uno de nuestros compañeros de clase tenía una en el locker, y los chicos nos contaban, a medias y entre risas, de las cosas que habían visto y leído en dicha revista. De todas formas, el impacto y la influencia de la revista era tal, que no hacía falta ver una Playboy para saber de qué iba: mujeres desnudas, mujeres rubias, “perfectas”, famosas, desnudas.

Mujeres que se desnudaban ante el ojo de algún fotógrafo hombre, en representación de los ojos de todos los hombres, que al ver a estas mujeres las hacían existir en el mundo. Y como Playboy, tantas revistas. 

Gracias a Playboy, en el mundillo liberal “machiprogre” no está mal visto leer “excelentes artículos” adornados con mujeres desnudas. Ni siquiera están mal vistos chistes como que la revista era para leer con una sola mano, porque lo que hizo Playboy es que presentó la cosificación de las mujeres (la de siempre) como algo elegante, deseable (como siempre) y la naturalizó a tal nivel que en mi vida he tenido que escuchar cómo muchos hombres, sin tapujos, cosifican y se masturban con la mirada a nuestros cuerpos, y no decir nada y de hecho participar de lo mismo, por miedo a no verme suficientemente liberal o progresista. 

No tiene nada que ver con el desnudo, ni con el deseo, ambos son necesarios y maravillosos. El problema es con el poder y la mirada. Quién mira este cuerpo, para quién lo mira, quién se lucra de esta mirada, qué cuerpos son sujetos que miran y qué cuerpos son objetos intercambiables. Y en el caso de la revista Playboy las respuestas a estas preguntas son más que evidentes. 

Y luego está esa presión tácita que sentimos todas, por querer vernos así, provocar deseo así, ya que de verdad sentimos que existimos cuando los hombres nos miran. Y nos preguntamos si ella, que provoca tanta atención tiene un poco más de libertad o es un poco más feliz. Y cómo nos ponemos a la defensiva y lanzamos un juicio, contra ella, ella que apenas está como nosotros en un sistema adverso, en vez de contra todos esos hombres detrás y delante de la imagen, porque al final del día son ellos los que tienen el poder, los que nos hacen sentir así. 

Pienso en esa serie de las conejitas Playboy que pasaron por E! Entertainment a comienzos de siglo. Tres chicas, estandarizadas, infantilizadas, explotadas por un viejorro con mucha plata y en pijama. La naturalización de los viejos verdes. Las ‘Bellas durmientes’, las ‘Putas tristes’, esa mirada masculina tan deshumanizante que todas hemos sentido alguna vez recorrernos la piel. 

Bien ido, señor Hefner. ¡Bienvenido el cambio generacional!

@Catalinapordios

 

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