«Aquí enterré todos los cadáveres», dijo la ‘Bestia’ en un interrogatorio, señalando un mapa de las zonas donde había dejado los cuerpos de sus pequeñas víctimas. La existencia de seres que fungen como monstruos es un recordatorio inevitable de que no todo tiene un porqué. Gran parte de los colombianos celebró este doce de octubre como un logro personal el que Luis Alfredo Garavito Cubillos, el hombre que se hizo célebre por violar y asesinar a más de doscientos niños/as que sufrieron la mala e indecible fortuna de conocerle, falleciera luego de haber mantenido una batalla interna contra un cáncer de ojo y una leucemia linfática crónica tras las rejas… Como si de pagar una deuda penosa e inabarcable se tratara. Murió la ‘Bestia’. Y su cadáver, como todo al final, empezó a descomponerse.
Como era de esperar, fue un muerto sin dolientes. Un ser tenebroso al que no le fue concedida la última petición que hizo. Porque, incluso muerto, no fue merecedor de nada que él mismo hubiera deseado. Garavito indicó el lugar y la forma en que quería que su cuerpo acabara. Esperaba ser enterrado en Valledupar, ciudad donde vivió por más de veinte años como recluso en la ‘Tramacúa’, la cárcel que alberga a los delincuentes más terroríficos de Colombia. Quien declaró alguna vez haber hecho pactos con Satanás, además pidió que su ceremonia exequial fuera presidida por el pastor evangélico que estuvo cerca de él en sus últimos años de vida, el hombre que habría escuchado su arrepentimiento en la búsqueda de perdón por los horrores que cometió y que le convirtieron en un despreciable pederasta y agresor sexual que parecía odiar al mundo, quizás porque desde su niñez sintió que era el mundo el que lo odiaba a él.
Cuando en medio de esa audiencia determinante para uno de los casos judiciales más escabrosos en la historia se le enseñó al victimario un estudio que mostraba en detalle la forma en que este asesinaba a los niños, la ‘Bestia’ recibió el impulso que necesitaba para declararse culpable de todos los horrores que había cometido. El que a todas luces pareciera un momento de derrota, quizás para Garavito fue uno de infame placer. Las siguientes doce horas fueron el telón de fondo de la escena donde se narró el horror… Y contó entonces dónde había enterrado a las inocentes criaturas. En 2023, el cadáver de la ‘Bestia’ no tuvo entierro. Sus cenizas serán llevadas a Quindío, tierra donde mal nació este asesino serial que, de seguro, nadie extrañará. Como escribió Emily Brontë en Cumbres borrascosas: «La bestia ya se había convertido en carroña. Estaba muerto, rígido y helado, y no se podía hacer nada por él».








