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Opinión

Amor de padre

Cuando escuché por primera vez esta historia de amor me sentí abrazada por mi abuelo. Pude conocer la fuente de la que provenía la suerte que tengo de ser hija de mi padre. No sé si mi papá sea el mejor del mundo, pero sí, el mejor de mi mundo. Con él he disfrutado de todo lo que a ambos nos hace felices. Con él aprendí a leer y a subrayar los libros. Compartimos lo que leemos y lo que escribimos. Somos dos seres distintos y uno a la vez. 

Corrían los años 50. Él era apenas un niño que se preparaba para triunfar, triunfando un paso a la vez. Ser tan pequeño y desprenderse de su pueblo, de su casa y de su familia quizás fue la más difícil de las tareas que pudo asumir a esa edad. Partir de Ponedera en vísperas de la fiesta de la Candelaria, y despedir a mamá que le dejaba interno en el Seminario San Luis Beltrán de Barranquilla cargado con una colchoneta y un baúl de madera que era más grande que él no debió ser fácil. Pero todo sacrificio tiene su recompensa, y de eso sí que sabe mi papá.

Un mediodía cualquiera en el claustro, un cura invitó al niño Joaquín José a dirigirse a la puerta de entrada. Un visitante inesperado esperaba por él. Era mi abuelo Joaquín Samuel, quien sostenía en sus manos un libro. El corazón del niño se detuvo por un momento entre la alegría y el asombro al ver, como una aparición hermosa bañada en sudor, a su papá que había ido hasta allí solo para complacer un deseo que su hijo había manifestado en la mesa del comedor de la casa tiempo atrás: tener la novela Ben Hur, de Lewis Wallace (1880).

Cuando escuché por primera vez esta historia de amor me sentí abrazada por mi abuelo. Pude conocer la fuente de la que provenía la suerte que tengo de ser hija de mi padre. No sé si mi papá sea el mejor del mundo, pero sí, el mejor de mi mundo. Con él he disfrutado de todo lo que a ambos nos hace felices. Con él aprendí a leer y a subrayar los libros. Compartimos lo que leemos y lo que escribimos. Somos dos seres distintos y uno a la vez. De su biblioteca saqué a Nietzsche y a Kundera. Encontré a Federico García Lorca allí también, en el estante de papá, cuando de pequeña jugaba a ser como él.

Con él escucho a Juancho Polo Valencia y a Alejo Durán; a Ella Fitzgerald y a Louis Armstrong; a Lavoe y a Blades; a Beethoven y a Chopin; a Antonio Aguilar y a Miguel Aceves Mejía; a Nelson Ned y a Nicola Di Bari; a Edith Piaf y a Amália Rodrigues; a Ibrahim Ferrer y a Omara Portuondo... La lista de la música que compartimos es inmensa, como el amor que nos une. Bendigo cada momento a su lado, porque es un tesoro. El más grande que alguien pueda tener. 

Dijo Lorca que «Tener un hijo no es tener un ramo de rosas». No sé qué pensará mi papá sobre eso, habiendo tenido a dos. Lo que sí sé es que tenerlo a él como padre ha sido un jardín completo. Colorido, bonito y perfumado. Ha sido la posibilidad de crecer en cada conversación que entablamos. Ha sido la fortuna de aprender que el objetivo de la vida no debe ser alcanzar la felicidad, sino vivirla en cada oportunidad que se presente, aunque parezca minúscula. 

Corría el año 96. Un día cualquiera acompañé a mi papá a la Librería Nacional. Mientras él recorría los pasillos del lugar, la entonces niña de nueve años hacia su propia búsqueda. Al rato le llevé a mi papá un libro titulado En busca de la paz interior y le dije: «Quiero este, papi». Mi papá no objetó nada, ni siquiera el precio que estaba por fuera de su presupuesto. Solo lo compró y lo firmó: «Recuerdo de Barranquilla, viaje con Joaco. Agosto 1996». Ese recuerdo lo atesoro hasta hoy y para siempre. ¡Qué privilegio el amor de padre! 

@cataredacta

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