«¡Quítense, que voy a disparar!», dijo quien, segundos después de exclamar el grito de alerta, descargara su arma de fuego contra Pancho, un chimpancé de treinta años cuyo único pecado —si es que los animales pecan— fue escapar del bioparque en que vivía. Hasta la fecha no se ha pronunciado ni ha dado razones ninguno de los involucrados o responsables de esta tragedia que duele profundamente cuando se escucha el quejido de una criatura inocente tras el disparo cobarde de un miembro de la Fuerza Pública. La suerte de Pancho fue la misma de Chita, la primate de cuarenta años que fue su compañera en la aventura del escape del Bioparque Ukumarí. ¿Quién dio la orden de dispararles? ¿Bajo qué criterio se abrió fuego en su contra? ¿Por qué matar a dos seres que no le hicieron daño a nadie? ¿Por qué fusilar a dos animales temiendo que hieran a un ser humano mientras no corre peligro la vida de ninguna persona?
Los chimpancés son la especie más cercana al ser humano. Qué dolor produce el darse cuenta, una vez más, de que la brutalidad atribuida a los animales es más una característica nuestra que de ellos. Pancho y Chita, los dos monos antropomorfos que fueron absurdamente sacrificados el pasado 23 de julio en Pereira, tuvieron una muerte infame. Tan infame como lo es seguir pensando que los zoológicos tienen una razón de ser lógica en un mundo que permite que se den historias como esta, en la que prevalece un mensaje nefasto y es que los animales no tienen derecho a vivir dignamente o que, en el peor de los casos, no merecen seguir existiendo. Da vergüenza que seamos los humanos, los supuestos seres pensantes, los que cercenemos la vida.
«Nos guste o no, somos miembros de una familia grande y particularmente ruidosa: la de los grandes simios», dice Yuval Harari en De animales a dioses, para aterrizarnos a una realidad que deberíamos tener presente siempre que intentemos siquiera pensar que comparados con los animales somos harina de otro costal. La historia de la humanidad da cuenta de nuestra cercanía con ellos. Los chimpancés, los gorilas y los orangutanes son nuestros “parientes” vivos más próximos. Esa es una verdad. Basta con mirarse de pies a cabeza en un espejo y reconocer cuán parecidos somos, cuán cerca estamos de ser un chimpancé o viceversa. Tal vez nos separen unos seis millones de años de aquel tiempo en que fuimos prácticamente lo mismo que ellos. Pero tal parece que haber escalado a la categoría de Homo sapiens no nos ha hecho más sabios ante otras especies. El sacrificio de Pancho y Chita es una clara y penosa prueba de ello.








