El Heraldo
Opinión

La modestia de una madre

De mis padres heredé muchas cosas de mi personalidad, pero la que más agradezco es que me hayan enseñado a ser siempre humilde.

No podía pasar por alto en el mes de la madre, a pesar de tantos temas de la pandemia, los paros y demás, primero es la mamá, esta persona tan representativa, para quien no debe haber un mes, sino todos los días de la vida que podamos compartir con ella. Así como fui el hombre más desgraciado de la tierra con la muerte de una hija en sus primeros años, Dios me premió con una madre, quien a sus 97 años todavía me acompaña. La miro y recuerdo desde mi infancia cuando nos ayudaba a vestir para ir al colegio, cuando agarrado de sus manos caminábamos por las viejas calles de Santa Marta, o visitábamos la histórica Quinta de San Pedro Alejandrino, donde estaba Bolívar, ese personaje olvidado que mi padre nos enseñó como un modelo de nuestra patria. Nacida en Ciénaga, la ciudad que nunca ha olvidado, la hija menor de Juan B. Calderón, a quien se le debe la idea y realización de la comunicación terrestre desde Ciénaga a Barranquilla.

Hombre rico, quien salió de la pobreza con el machete y el trabajo diario de los campos, que posteriormente convirtió en grandes fincas de arroz y banano fundamentalmente, además de otras fincas, era dueño de La Sombra, cuya extensión no se conocía, de donde creó la población de El Retén, inicialmente para la vivienda y bienestar de sus trabajadores, a quien les entregó parcelas para sus propios cultivos. Don Juan, como popularmente le decían, donó gran parte de sus tierras de Puebloviejo y Tasajera, para dar paso a lo que él visionó como el desarrollo más importante del momento. Era un hombre de una presencia que nunca pasaba desapercibida. Así lo describía Ismael Correa, historiador de Ciénaga, “amable, decente cariñoso y afectivo con todas las personas, condiciones que enseñó a sus hijos”. Con todas las condiciones de fortuna y facultades a su disposición siguió siendo humilde. Conformó una de las familias más queridas de Ciénaga con su esposa Ildefonsa Castillo, a quien llamábamos mamá Ponchita, a sus hijos, doce en total, sumando cuatro de mamás diferentes, crió como si fueran suyos. Era una santa dedicada al hogar, que se moría por estar con sus nietos, brindándonos un cariño indescriptible, que aún desde la eternidad me parece percibir.

Mi madre heredó esto, y lo puso a disposición de sus hijos y un esposo estricto, culto y honesto, desde su profesión de abogado, también nacido de un hogar humilde, en Mompós La Valerosa,  con un padre  bohemio de la música, y una madre creyente, que siempre quiso lo mejor para sus hijos, estricta, y luchadora todo el tiempo por el bienestar de los demás.

De mis padres heredé muchas cosas de mi personalidad, pero la que más agradezco es que me hayan enseñado a ser siempre humilde, para no explotar a los menos favorecidos, para ayudarlos a salir de las difíciles situaciones en las que viven. Una ley natural que me gustaría que fuera implantada es la de la proporcionalidad, aquella en donde los que más tienen puedan ayudar en forma permanente y equitativa a los demás, sin que haya necesidad de obligación, todos debemos ayudar en forma proporcional a lo que tenemos.

Modestia es la que nos hace falta para sentarnos en las mesas de discusión, a las que se llega con prepotencia sobre los demás, así es muy difícil conseguir conclusiones, o soluciones rápidas, utilicemos la modestia, como la que las madres nos enseñan, y seremos felices de compartir las ideas y propósitos con los demás, haciendo un país mejor para todos.

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