No vamos a inventar nada en esta columna. Tampoco a intentar generar una controversia que ya está planteada universalmente. Solo queremos reflexionar, solidarizarnos con artículos muy sensatos y brillantes de columnistas del país, de este mismo periódico, vecinos en esta página, quienes en forma admirable han expresado las mismas preocupaciones de miles de intelectuales, que ya determinaron la funesta consecuencia de verse sometido el mundo hoy casi en forma absoluta al teclado de una pantalla, desde el internet hasta Zoom, pasando por todas las combinaciones, algoritmo, nubes, estaciones, páginas web y por supuesto los sistemas modernos de comunicación en línea.
Es que venía sucediendo que cada día más el mundo se tecnificaba y las comunicaciones se simplificaban. Pero la pandemia terminó por congelarnos, estatizarnos, sometiéndonos y para ser más real esclavizarnos a un teclado, unos sistemas, unos significados, unos símbolos, que limitaron o quizás eliminaron nuestra sociabilidad. El hombre moderno se desprendió del contacto, de la interrelación, del diálogo, del cruce de miradas, de la observación del gesto, de los tonos de voz, la entonación, lo que los psicólogos llaman la impresión visual que transmite a veces, mucho más que las palabras.
Nadie puede negar y nos unimos a este concepto universal que la virtualidad es un elemento sustancial para el mundo moderno en todas sus manifestaciones y expresiones: “El mundo virtual que lo abarca todo en el firmamento del entendimiento” como lo vaticinó el expresidente Clinton en una reciente conferencia en video. Pero esta perfección del mundo moderno no lo es todo. Es, sin discusión, el complemento perfecto de la esencia socializante de todo ser humano que nació y está formado para la integración física y psicológica con sus semejantes.
¿Resultado de hoy día? Los delincuentes, los vándalos, esa minoría del mundo que no descansa en la perversión, se introducen en las redes sociales y hablan, escriben, imponen, destruyen. La maldad, la calumnia se imponen sobre la lógica y las redes virtuales se convierten en un enemigo anónimo cobarde que destruye. Mientras tanto el niño en el colegio, el funcionario en su oficina o detrás del mostrador, la persona en cualquier clase de trabajo, todos ellos se aíslan cada día más, se convierten en solitarios mientras las universidades pierden su esencia formativa que es además de las cátedras y las investigaciones en grupos la integración entre salones, patios, corredores, bibliotecas, campus. Es decir, el complemento que todo estudiante necesita para alcanzar no ya su preparación académica, sino su formación ciudadana, el perfeccionamiento de sus personalidades, de su estructura psíquica, del ordenamiento de sus criterios. El mundo se va armando hoy, cada día más de una individualidad peligrosa, un aislamiento que estructura el egoísmo y la soledad de los resentidos.
Estamos en mora estas generaciones que comienzan en reivindicar la sociabilidad del mundo. Permitir que la tecnología nos apoye y si es el caso nos resuelva los enigmas del mundo moderno, pero no nos dejemos que nos borren el gesto y la sonrisa, el saludo de mano, el abrazo fraternal. Que jartera tener que abrazar a una pantalla por más hermosa que sea la tabla frente a nosotros. Es una tarea gigante, pero en cortos años diagnosticará en las futuras generaciones si siguieron como seres humanos o robots automatizados.