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Opinión

La cosecha

Aquí, humilde opinión, culpables somos todos por acción o por omisión.

Con las cifras reveladas en los últimos días que dan cuenta del acelerado y progresivo aumento de los contagios por la COVID-19 en ciudad y departamento, en similar proporción se disparan las cadenas de pánico digital por la falta de camas en hospitales, la información oficial incompleta y a veces contradictoria, la falta de políticas claras de contención, la (in)creíble falta de conciencia de buena parte de la ciudadanía; y, cuando no, la proliferación de defensores de lo indefendible junto con las ganas de buscar culpables.

Normal en esta comarca que pintaron como moderna sin haber salido del feudalismo. Aquí, humilde opinión, culpables somos todos por acción o por omisión. Esa culpa no es solo aplicable a la coyuntura social y económica que la pandemia ha traído consigo en buena parte del mundo. Claro es que nadie saldrá incólume de estos tiempos. Todos, en mayor o menor medida estamos sintiendo los efectos de un fenómeno que ya está en los libros de historia.

La, valga la redundancia, “medida” de esa medida dependerá en buena parte de lo que como sociedad sembramos para asumir lo que nos corresponde en un momento como éste. Y si bien es claro que “manuales de cómo actuar en caso de pandemia” no los venden en almacenes de cadena, es igualmente claro que tenemos que asumir que no le prestamos la atención debida (casi se podría decir que no le prestamos atención alguna) al hecho de invertir en cultura ciudadana.

Llevamos décadas equiparando progreso con cemento, creyendo que las ciudades se construyen sin incluir a los ciudadanos o asumiéndolos como manejables a punta de pan y circo. En la ciudad hizo carrera un modelo de gestión que por fuera era de ladrillo y por dentro de plástico, de vanidades complacientes a punta de aplaudirse al espejo, convencidos de que con palmaditas al hombro, sonrisitas y asistencialismo alcanzaría para adormecer a la masa, a esa que despiertan cada cuanto con tamales y buses para llevarlos a zonificar y votar. Ahora, cuando es vitalmente necesario que todos nos apropiemos de lo que nos toca hacer, los mismos que antes negaban a ese “otro” la posibilidad de ser un ciudadano libre y pensante, le endilgan la culpa por no entender, no querer o no importarle lo que a todos compete. Ahora nos dicen que “Depende de ti”.

Antes nos decían “Confía en nosotros”. Y por confiados… Todos somos culpables por dejar que otros hicieran lo que debimos hacer, por no ejercer con libertad y responsabilidad el derecho al voto, por mirar de soslayo la crítica y sumarnos fáciles a la ola del halago condescendiente, porque dejamos que la fl ojera nos ganara, por creer que todo se soluciona con un “ajá”, una cumbiamba, o mandando a mudar al que piensa distinto. Si en la ciudad no hay ciudadanos, es porque lo permitimos. Al fi n y al cabo, se cosecha lo que se siembra. Afrontemos la culpa y hagamos lo que nos toca. Por lo pronto, y si no es absolutamente necesario, no salgamos a la calle.

asf1904@yahoo.com @alfredosabbagh

 

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