El Heraldo
Opinión

Harakiri

Y no vino Quentin. Nunca iba a venir. Todo fue, palabras de los autores, una “cordial mamadera de gallo” que generó un entusiasmo inusitado. Mal enseñados a creer, hubo hasta quien programó viaje para venir a ver en un parque, gratis, a cielo abierto, al laureado director. La fábrica de ilusiones que el cine es mutó, como el slogan del festival bien lo decía, en “la máquina de cortar tontos”. Al final, apoyos retirados y ostracismo mediático de por medio, se proyectaron los créditos finales. Dicen ellos que para siempre, pero no sabemos si creer.

Como esa “cordial mamadera de gallo” se pretendió basar en la condición transgresora y contestataria que en muchas ocasiones y con derecho propio el arte adopta, vale preguntarse si una organización dedicada a la gestión cultural se puede arropar en ese concepto para echar a andar una mentira. ¿El arte en una sala de cine está en el teatro, en quien proyecta, o en la obra proyectada? ¿El valor de la obra lo da el marco en que se sostiene? Si el asunto de fondo pasa por el poco apoyo u oportunidades para hacer gestión y posicionar un espacio o evento cultural en la ciudad. ¿No era mejor acaso esforzarse por una buena curaduría de filmes y por procurar sinergias fuertes con entidades afines que apuntalaran la noble intención inicial? La mentira, como el ego, se descontroló. Malas consejeras vuelven a probar ser la soberbia y la vanidad.

Ahora bien, esta comentada falta de criterio no debe tampoco excusar la excesiva credulidad y falta de rigor de quienes nos dejamos engañar. Que un evento pequeño, sin recursos y sin mayor arraigo, anuncie con apenas una semana de antelación que traerá como invitado a una figura internacional de ese calibre a un parque a cielo abierto, sin detalles de contacto con medios o industria; como mínimo debería suscitar una duda razonable. En estos tiempos de datos abiertos y redes colaborativas, acceder al teléfono del agente de Tarantino o incluso de su vieja compañía productora no parece ser tan difícil. Dudar es el primer mandamiento, máxime cuando los únicos datos provienen de fuente interesada.

En cualquier caso, creo que es exagerado extrapolar las consecuencias del hecho al presente y futuro de la gestión artística local. Se trabaja, probado está, con mucho esfuerzo y afugias. Los recursos son pocos, los espacios son menos (lo del Amira y los tristes anuncios del Banco de la República son, a falta de mejor palabra, frustrantes), el público no parece crecer y las ganas de hacer industria siguen la mayoría de las veces amparadas bajo un mal entendido mecenazgo. Fortalecer la industria cultural no pasa ni por echar mentiras ni por pedir o dar limosnas. Alrededor de la cultura y el arte gravitan enormes y poderosas oportunidades que obligan a insistir con seriedad.

Se hicieron el Harakiri con la Hattori Hanzo.

P.D. Para claridad de los lectores, quien firma hace parte de la Junta Directiva de instituciones dedicadas a la gestión cultural relacionada con el cine.

asf1904@yahoo.com

@alfredosabbagh

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