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Opinión

Sociedad del Postdeber

Habrá que hacer una campaña para volverle a dar su valor a palabras como el sacrificio, que es la constatación de que nada sucede por arte de magia, sino que es fruto del esfuerzo denodado que seguro nos genera algunas privaciones o nos hace diferir el placer. 

Hay palabras que tienen mala fama: sacrificio, responsabilidad, fracaso y disciplina. Tienen mala fama porque ellas hacen presente actitudes y acciones que el espíritu de la sociedad actual desprecia. Hoy las que gozan de buena fama y son repetidas una y otra vez por los gurús de la felicidad son placer, éxito, gozo, diversión, entretenimiento. Tal vez es una reacción a la moral rigorista que se nos impuso en algún tiempo y que cercenó la posibilidad de realización autónoma de muchas personas o tal vez es simplemente el imperio de la frivolidad que nos invita a no profundizar en nada, a construir adhesiones efímeras y hacer del placer el único criterio de validez de nuestras acciones.

Es lo que llama Gilles Lipovetsky la sociedad del post-deber, en la que se insiste en los derechos individuales, lo cual está bien y es una batalla que siempre tenemos que dar, pero se desprecia y se anulan los deberes. Todo el que invite a cumplir deberes puede ser acusado de dinosaurio. La exacerbación del culto al individuo hace que los valores fundamentales para la vida social adquieran un sentido bien extraño. Por ejemplo, se entiende la tolerancia como una indiferencia hacia el otro y no como el esfuerzo de conocer, entender y respetarlo o la solidaridad como una satisfacción pueril del deseo de ser famosos y no como el ayudar y servir realmente al que lo necesita.

Habrá que hacer una campaña para volverle a dar su valor a palabras como el sacrificio, que es la constatación de que nada sucede por arte de magia, sino que es fruto del esfuerzo denodado que seguro nos genera algunas privaciones o nos hace diferir el placer. Necesitamos rescatar el valor de la palabra responsabilidad que es la hermana siamesa de la libertad y que nos hace asumir, con entereza y valentía, las consecuencias de nuestras decisiones/acciones. Así como permitirle la existencia al fracaso no como nuestro objetivo, pero sí como lo que muchas veces acontece en la vida y puede ser una oportunidad, un trampolín para crecer y ser mejores seres humanos. Hay que abrir espacio a la disciplina para que, en medio de la estética del entretenimiento, de los likes y del photoshop haya espacio para entender que tenemos que logar rutinas, horarios, compromisos que no están sostenidas por el placer de cumplirlos, sino por las consecuencias que tienen en la consecución de nuestros objetivos más grandes y fundamentales.

Los padres de familia, los maestros y los líderes en general tendrán que esforzarse por mostrarle a las nuevas generaciones que la felicidad verdadera exige sacrificio, responsabilidad, fracaso y disciplina. Para ello se requiere un discurso capaz de seducir a los jóvenes, logrando comunicar un mensaje con sentido que pueda competir con las propuestas de los “nuevos influenciadores” que con mensajes vacíos, pero seductores, han hecho del ridículo y de la frivolidad los valores fundamentales. No se puede tenerle miedo a exigir el cumplimiento del deber, ni a negociar consecuencias para agradar a los otros. Papás que entiendan que su papel en la vida de los hijos no es aplaudirle sus ocurrencias, sino ayudarles a construir criterio para la vida y eso exige cumplimiento del deber. Maestros que sean capaces de exigir profundidad, disciplina y no agradar a sus estudiantes para que estos los evalúen bien al final del semestre y los vuelvan a contratar.

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