“No me dejes en visto”, me reclama por chat mi sobrino de 15 años, reviso el hilo y veo que su mensaje llegó 10 minutos antes, efectivamente no. Me río y le digo que siempre estoy atento a él. La situación me hace pensar en cómo las plataformas de mensajería instantánea nos han vuelto ansiosos y desesperados por la contestación. ¡Si mi sobrino supiera que en mi época de adolescencia uno escribía cartas que viajaban lentamente hacia su destinatario y teníamos que esperar meses una respuesta!

La tecnología nos ha hecho más confortable la vida, pero también nos ha impactado negativamente en algunas de sus dimensiones. Por ejemplo, considero, que nos ha llevado a confundir el estar conectados con el estar comunicados. Cada vez creo que la conexión genera mayor soledad, gente llena de información de los demás, pero sin un encuentro real, que permita sentirse reconocido y valorado. Pero además, la adicción está basada en la falsa creencia que si no se está conectado, algo grave va a pasar -como si realmente fuéramos el centro del tinglado mundial.

No es cierto que las personas nos tengan que responder inmediatamente, no es una obligación ni una manera de demostrarnos su desprecio. Hay respuestas que pueden esperar, otras que no se dan y eso no significa un ataque a la dignidad personal. No hay que dejar que el desespero por la respuesta nos haga entrar en un túnel de tristeza e indignación que sólo muestra inestabilidad emocional y nada más. No permitamos que “dejar en visto” sea una ofensa, porque de pronto no significa nada más que la otra persona está ocupada, y eso no es un delito ni un pecado contra nadie.

Antes de responder, confirmemos que el “tono” con el que estamos leyendo el mensaje fue el usado por quien lo emitió. A mí me ha pasado que respondo “con tres piedras en las manos” y luego me doy cuenta que el tono despectivo se lo puse yo. Los mensajes de estas plataformas nos exigen mucha proactividad para saber comprender lo que nos están informando. A pesar de que disfruto y valoro el mundo de las redes, creo que es un privilegio el poder sentarme en torno a una mesa para tomar café, para jugar dominó, para comer y encontrarme con los que considero importantes; y también la conversación por el placer de hablar y escucharnos, porque creo como Lévinas que la conversación no está determinada absolutamente por el interés del entendimiento.

Ahora, a mí no me basta con los “muñequitos” que se envían por los teléfonos, se me hace necesario estar presente físicamente con las personas y viajar a través de sus palabras y gestos al universo único de su ser. Entiendo que estas plataformas palian la ausencia que genera la distancia de personas que no están físicamente cerca, pero no sustituyen la posibilidad de encontrarnos. Sospecho que este tipo de contacto nos separa, nos aleja, nos permite ser menos empáticos, porque las relaciones humanas necesitan la profundidad de compartir el misterio que se hace presente por medio del contacto físico. Por eso, prefiero hacer ayunos de estas plataformas y gozarme las carcajadas y las ocurrencias de las personas que son importantes para mí. A veces extraño las esquinas del barrio Olivo, en Santa Marta, allí nos enterábamos del mundo que nos interesaba, el que compartíamos, y gozábamos con cada charada.