Lula da Silva ganó las presidenciales en segunda vuelta y tal vez la pregunta esencial que dejan estas elecciones es por qué Brasil no ha seguido la misma tendencia política de otros países de la región, donde las mayorías han dado un giro rotundo hacia la derecha. Si bien Flávio Bolsonaro obtuvo la mayor votación en primera vuelta, la mayoría de los escaños en el Congreso quedó en manos del centro y la derecha, y esta última también se impuso en las gobernaciones. Sin embargo, los resultados electorales del pasado domingo dejan algunas lecciones sobre por qué la derecha latinoamericana, muchas veces respaldada por el gobierno de Donald J. Trump, no tiene el terreno electoral garantizado y se mueve en una disputa pendular, con dinámicas que varían de un país a otro.
Una primera hipótesis es que la ola de la derecha encuentra un techo cuando los electores perciben sus propuestas como radicales. En Brasil, durante la primera vuelta, el sentimiento que logró canalizar el bolsonarismo fue el resentimiento; en la segunda, en cambio, predominó el miedo. Y es precisamente entre los indecisos donde aparece ese techo, pues han desempeñado un papel fundamental en las últimas elecciones latinoamericanas. El bolsonarismo no logró convencerlos porque muchos lo percibieron como un movimiento radical.
Para entenderlo, hay que tener en cuenta la historia reciente de Brasil. El país recuperó la democracia en 1985 y enfrentó una conspiración golpista tras las elecciones de 2022, que culminó con el asalto a las sedes de los tres poderes en enero de 2023 y por la que Jair Bolsonaro fue condenado. Este antecedente distingue a Brasil de otros países que en los últimos años han girado hacia la derecha y ayuda a explicar el temor a una radicalización política que ponga en riesgo la estabilidad democrática.
Pero este no fue el único factor decisivo. También lo fue el respaldo del gobierno de Donald J. Trump, que en países como Colombia o Ecuador pudo resultar favorable para la derecha, pero que en Brasil terminó pasándole factura. La independencia, la soberanía y la reciprocidad son pilares de la cultura política brasileña. A esto se suma que el país ha diversificado sus mercados y tiene en China a su principal socio comercial, a diferencia de Colombia, cuya relación económica con Estados Unidos tiene un peso mucho mayor. Lula insistió en que una presidencia de Bolsonaro abriría la puerta a una mayor injerencia estadounidense y, ante la ONU, defendió la idea de que Brasil no cabe en el patio de nadie. En síntesis, la interdependencia económica, la cultura política y la escala del país limitan las posibilidades de un alineamiento absoluto con Washington.
Por supuesto, también fue determinante la estrategia de campaña de Lula, que combinó con acierto la movilización del Estado, la calle y las redes sociales. Esa estrategia contribuyó a que muchos electores que no habían votado en la primera vuelta acudieran a las urnas en la segunda para respaldarlo.
Esta elección deja una lección fundamental: las tendencias políticas no son definitivas. Cuando el discurso radical despierta temor en lugar de confianza, puede terminar convirtiéndose en su mayor debilidad electoral.
@tatidangond







