Los resultados de PISA 2025 confirman, entre otras cosas, que el sistema educativo colombiano todavía requiere esfuerzos importantes para mejorar su calidad. Sin embargo, para comprender la complejidad de la situación, no basta con revisar su posición entre los países participantes. Para evitar confusiones, conviene comenzar por aclarar qué miden esas pruebas.

PISA es una evaluación estandarizada de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos —OCDE— aplicada a estudiantes de 15 años. Examina su capacidad para utilizar conocimientos de ciencias, lectura y matemáticas en situaciones de la vida real. La prueba no abarca todas las dimensiones de la educación y, aunque identifica relaciones entre el desempeño y factores sociales o escolares, no demuestra causalidad. Además, evalúa a quienes permanecen escolarizados y cumplen ciertos requisitos, no a todos los jóvenes de esa edad.

Entre 2015 y 2025, el promedio de la OCDE cayó 22 puntos en matemáticas y 28 en lectura. En las tres áreas se registraron los promedios más bajos desde que comenzó PISA. El deterioro venía de antes de la pandemia. En el caso colombiano, según el Observatorio de Educación de la Universidad del Norte, las diferencias frente a 2022 no son estadísticamente significativas. El país detuvo la caída, pero permanece en niveles bajos. Solo el 29 % alcanzó el nivel básico en matemáticas; el 46 %, en lectura, y el 50 %, en ciencias. La estabilidad de los puntajes podría interpretarse como una señal tranquilizadora, pero no constituye una mejora.

El informe aporta otros datos interesantes. Aunque los resultados en la prueba son bajos, el 82 % de los estudiantes colombianos afirma sentir curiosidad y el 76 % asegura que se esfuerza más cuando una tarea se dificulta. El problema no parece ser, entonces, una falta general de interés. Al mismo tiempo, la diferencia entre los jóvenes con mejores y peores condiciones socioeconómicas alcanza 93 puntos en ciencias. Existe disposición para aprender, pero las oportunidades siguen distribuidas de manera desigual. Colombia también amplió la escolarización e incorporó a jóvenes antes excluidos de la educación secundaria, sin fortalecer en igual medida las condiciones para aprender.

Los resultados deberían propiciar decisiones de largo alcance, algo que no siempre resulta compatible con los intereses políticos. Entre ellas deberían estar asegurar la comprensión lectora y el razonamiento matemático desde los primeros grados, apoyar a los docentes y dirigir más recursos a las instituciones con mayores necesidades. Hemos conseguido que más jóvenes lleguen a la escuela; falta conseguir que aprendan.

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