Vivimos desconectados del origen del agua, asumiendo que la llave del baño es un milagro permanente. Al ser invisible mientras fluye, solo notamos su existencia cuando falta. Es ahí cuando entendemos una verdad incómoda: el agua potable no es cara por el valor de su factura, sino por el daño irreversible que provoca su ausencia. Una sequía paraliza acueductos, hospitales, cultivos, industrias y comunidades enteras; detiene la economía, multiplica las enfermedades y fractura la convivencia de un país que creyó tener agua para siempre. Por eso, su escasez resulta devastadora. Al final, el agua más costosa siempre será aquella que no llega cuando más se necesita.

El metro cúbico más caro no es el que se trata con tecnología de punta, ni el que recorre kilómetros de tubería para llegar a zonas rurales apartadas, ni el que se factura en temporadas de restricción. El verdadero valor del agua potable solo se calcula en la sequía.

Durante años, el discurso oficial sobre la gestión hídrica avanzó muy por encima de la realidad de los sistemas que la sostienen. Mientras la narrativa gubernamental celebraba la condición de Colombia como potencia de agua dulce —el sexto país más rico en recursos hídricos del planeta—, los acueductos municipales acumulaban pasivos técnicos silenciosos: redes con décadas de rezago, plantas de tratamiento subdimensionadas, cuencas abastecedoras deforestadas y tarifas congeladas por décadas que no reflejan el costo real del servicio. Colombia confundió abundancia con garantía, y esa confusión hoy nos pasa factura.

Esta falta de previsión nos sitúa ante una contradicción técnica dolorosa. El modelo tarifario colombiano, históricamente, ha privilegiado tarifas bajas como instrumento de política social. Aunque esto ha facilitado el acceso de millones de hogares, la misma lógica se convierte en trampa ante el cambio climático. Mientras la tarifa permanece artificialmente contenida, las empresas prestadoras carecen de recursos para invertir en resiliencia. Al llegar el fenómeno de El Niño, el país descubre que ahorró unos cuantos pesos en la factura, pero sacrificó décadas de infraestructura que nadie construyó.

A esta fragilidad física se suma un deterioro financiero menos visible, pero igualmente grave. Un prestador de agua sin liquidez se deteriora mucho antes de colapsar: posterga mantenimientos críticos, aplaza la renovación de redes, pierde capacidad técnica y convierte cada decisión operativa en una ecuación de supervivencia institucional. En Colombia, más del 60% de los municipios tienen sistemas de acueducto en condición de riesgo financiero. No es una señal de alarma futura; es una realidad presente.

Colombia aún tiene margen de acción, siempre que entienda que el agua potable no se improvisa el día que el embalse toca mínimos históricos, ni se planifica cuando el racionamiento ya comenzó. El agua barata, cuando financia la ilusión de abundancia en lugar de garantizar la seguridad hídrica real, no es un logro de política pública: es una deuda diferida que alguien más pagará, con intereses, en la próxima crisis.

En este sector, las deudas mal calculadas se cobran con una precisión despiadada: primero en los balances de las empresas, luego en la presión de los grifos, y finalmente en la salud y la dignidad de las comunidades que descubren, demasiado tarde, que la abundancia que daban por sentada era solo el silencio cómodo de no haber medido lo que se tenía.

Garantizar el agua en un país que cambia su clima exigirá tarifas que reflejen costos reales, inversión sostenida en infraestructura, protección efectiva de cuencas y una institucionalidad que planifique con décadas de anticipación, no con decretos de emergencia. El país debe elegir entre construir resiliencia hídrica hoy o enfrentar, mañana, un costo social y económico que ninguna tarifa podrá recuperar. En el sector del agua, como en el de los seguros, el verdadero valor del recurso solo se comprende el día en que desaparece. Cuando eso ocurre, el metro cúbico más caro no es el que llega impreso en la factura: es el que, simplemente, ya no existe.

*Director Ejecutivo de la Cámara Colombiana del Agua