En un Estado social de derecho, el interés general, el bienestar, la calidad de vida, el respeto por los derechos fundamentales y el cumplimiento de los deberes son los pilares sobre los que se sostiene la democracia. No se trata solo de conceptos jurídicos: son las bases reales que permiten a una sociedad funcionar, crecer y garantizar oportunidades para todos.

Sin embargo, el populismo y el facilismo se han convertido en grandes distractores. Hacen daño de forma silenciosa, pero constante. El odio entre los extremos —izquierda y derecha— se ha convertido en el caldo de cultivo perfecto para oportunistas que encuentran en la división una oportunidad para crecer políticamente. Se alimentan del resentimiento, promueven discursos de confrontación y venden soluciones fáciles a problemas complejos.

Prometer lo imposible es una estrategia conocida: señalar a los ricos, a los industriales o a quienes generan empleo como enemigos, mientras se ofrecen salidas utópicas que, en la práctica, resultan inviables e ingobernables. El resultado no es justicia social, sino estancamiento.

Un Estado necesita autoridad, educación, salud, trabajo y justicia. No hay desarrollo sin estos elementos. Cuando alguno falla, el sistema se debilita; cuando fallan todos, el resultado es catastrófico. Aparecen entonces los síntomas que ya conocemos: corrupción, nepotismo, ignorancia y ciudadanos muriendo por falta de atención, mientras la impunidad se convierte en norma.

Las promesas de mejorar la calidad de vida sin fortalecer la educación ni generar empleo son, en el fondo, la mentira más grande que se le puede vender al pueblo. No hay progreso sin esfuerzo, ni bienestar sin productividad. Un país no se construye con discursos, se construye con trabajo.

La historia reciente ha demostrado que los modelos de socialismo y comunismo no han logrado responder a las necesidades reales de los países. En muchos casos han derivado en crisis económicas, pérdida de libertades y deterioro institucional. Pretender replicarlos en contextos como el colombiano, sin ajustes ni realismo, es insistir en fórmulas que no han funcionado.

Colombia necesita un gobierno con autoridad, con objetividad, sin populismo ni promesas incumplibles. Un gobierno que entienda que la verdadera política social no se basa en subsidios eternos, sino en generar oportunidades reales para que las personas puedan salir adelante por sus propios medios.

Necesitamos trabajar para vivir, no depender para sobrevivir. La calidad de vida se construye con empleo digno, con acceso a la educación, con seguridad y con justicia. Esa es la ruta.

Y si hay una lucha que realmente vale la pena, no es entre ideologías ni entre ciudadanos: es contra la corrupción y la injusticia. Esa es la única guerra que como sociedad debemos dar… y ganar.

@oscarborjasant