En el debate económico colombiano hay una tentación recurrente, pedirle al banco central que resuelva, en el corto plazo, lo que otras políticas no logran corregir. Pero esa expectativa desconoce, o decide ignorar, el papel que cumple el Banco de la República.

La independencia del banco central no es un dogma técnico ni un capricho institucional. Es, más bien, una respuesta a la experiencia. Cuando la política monetaria se alinea con las urgencias del gobierno de turno, el resultado suele ser predecible, que se resumen en alivios transitorios seguidos de desequilibrios más profundos. La inflación, que al principio parece un costo tolerable, termina convirtiéndose en un impuesto silencioso que castiga con mayor dureza a los hogares, especialmente a los más pobres.

Por eso el mandato del Banco es deliberadamente acotado y parte de preservar la estabilidad de precios. Su herramienta principal, la tasa de intervención, actúa como un regulador de la demanda agregada. Puede enfriar o estimular, pero siempre bajo una lógica de sostenibilidad. Pretender que esa herramienta sirva simultáneamente para todos los fines es, en el mejor de los casos, ingenuo.

Quienes cuestionan la cautela del Banco suelen enfocarse en el costo inmediato del crédito. Y no les falta razón: tasas altas enfrían la economía y afectan decisiones de inversión y consumo. Pero omiten una parte crucial de la ecuación, permitir que la inflación se descontrole no solo encarece el crédito en el futuro, sino que erosiona la confianza, distorsiona los precios relativos y termina frenando el crecimiento de forma más severa.

La discusión, en el fondo, no es técnica sino institucional. La política monetaria en Colombia adoptó hace más de tres décadas una decisión que se alineo con blindarse de las urgencias políticas, sin aislarla completamente del resto de la política económica. Ese equilibrio, que se describe como independencia con coordinación, es el que ha permitido que el país transite hacia niveles de inflación más manejables y previsibles.

Defender la autonomía del Banco no implica negar el debate ni desconocer los costos de sus decisiones. Implica, más bien, entender que su rol no es complacer expectativas de corto plazo, sino evitar errores de largo alcance. En una economía donde las presiones políticas son inevitables, mantener esa línea de defensa no es obstinación técnica, es responsabilidad macroeconómica.

* Directora Ejecutiva Lonja de Propiedad Raíz de Barranquilla

@KeliPuche