Como decía Aristóteles, la política es el arte de persuadir: debatir, contrastar y convencer al que piensa distinto. Pero hoy muchos candidatos ya no están en eso. Están en otra cosa: cuidar su nicho, mantenerlo activo y llegar a segunda vuelta con una base suficiente para ganar por descarte. Esa es la lógica. Y por eso el debate se está desapareciendo.

Sin debate no hay forma de poner a prueba las ideas. Y sin ese ejercicio, el ciudadano no escoge al mejor, sino al que menos le incomoda. Por eso el debate no es un accesorio de campaña, es una condición mínima de la democracia.

El problema es que hoy la política se mueve en tres escenarios donde ese contraste casi no existe. En la calle, los candidatos se rodean de los suyos: líderes, amigos, estructuras. Ahí validan, pero no convencen. En los medios tradicionales, responden preguntas, pero no enfrentan a quien propone algo distinto. Y en redes, el algoritmo hace lo suyo: muestra lo que gusta, refuerza lo que ya se piensa y evita lo que incomoda. Así, cada candidato habla dentro de su burbuja y nunca tiene que salir a defender sus ideas.

Y eso no es casualidad. Es estrategia. Debatir hoy es un riesgo: implica exponerse, equivocarse, incomodar a los propios. En cambio, no debatir permite controlar todo. Por eso muchos prefieren no arriesgar sino administrar su ventaja. La apuesta es clara: llegar vivos a segunda vuelta y, cuando queden dos opciones, ganar no porque convencieron a la mayoría, sino porque el otro genera más rechazo. Esa es la ley del descarte. No gana quien más entusiasma, sino quien logra que lo escojan para evitar al contrario.

Ahí entra el caso de Iván Cepeda. Esto no lo inventó él; evitar debates ha sido históricamente una forma de proteger una ventaja. Pero hoy lo hace evidente cuando intenta definir con quién debate y en qué condiciones. Al limitar el escenario a quienes considera “extrema derecha”, reduce la elección a dos polos y se mueve en el terreno que más le conviene: la polarización. No busca abrir el contraste; busca controlarlo.

Y mientras esa sea la lógica, el debate no va a ocurrir. No por falta de escenarios, ni de temas, ni de interés ciudadano, sino porque, para quien va adelante, no es negocio. Porque hoy es más rentable cuidar el nicho que salir a convencer al país. Por eso los debates deberían ser obligatorios. No como show, sino para proteger lo más básico de la política: la confrontación de ideas. Para obligar a los candidatos a salir de su zona de confort y que el indeciso pueda comparar y el país pueda decidir con algo más que miedo.

Porque si la estrategia es no debatir para no perder, el problema no es que no haya espacios. Es que no hay voluntad. Y cuando eso pasa, el debate deja de ser un riesgo y se convierte en una amenaza. Por eso, si seguimos así, no habrá debate. Y no será casualidad. Será estrategia, cálculo y decisión. Será, simplemente, el debate que no será.

@MiguelVergaraC