La lectura es la forma más fácil y rápida de adquirir cultura. Es un viaje por la mente de los escritores que transporta al lector a kilómetros de distancia en el tiempo y el espacio, sin necesidad de moverse del lugar donde se encuentra. Leer es, en esencia, vivir muchas vidas en una sola, comprender mundos ajenos y ampliar los propios.
Se ha vuelto viral la imagen de una escultura en un canal de Helsinki: un hombre de bronce sumergido en el agua que, aun así, sostiene un libro y continúa leyendo. La escena es poderosa, casi provocadora. Resume en una sola imagen una idea que debería estremecernos: “Lee, aunque te estés ahogando”.
No se trata solo de una metáfora estética. La obra simboliza la lectura como refugio y como herramienta de progreso personal y social, incluso en los momentos más críticos. Cuando todo falla, cuando el entorno se vuelve hostil, cuando la incertidumbre ahoga, el conocimiento sigue siendo una tabla de salvación.
Para la religión, la lectura también es motivo de bienaventuranza. “Bienaventurados los que leen”, dice la Escritura en el libro del Apocalipsis (1:3), exaltando a quienes no solo leen, sino que escuchan y guardan la palabra. La lectura, entonces, no es solo un ejercicio intelectual, sino un acto espiritual que guía, orienta y da sentido.
En la vida personal, social y política, la lectura es un arma poderosa. Una persona con cultura y conocimiento lleva una ventaja inmensa sobre quienes prefieren permanecer bajo la sombra de la ignorancia. No se trata de elitismo, sino de realidad: quien entiende, decide mejor; quien sabe, no se deja manipular.
Una sociedad que no lee, que no estudia sus leyes ni su Constitución, está condenada a ser sometida. La ignorancia no es inocente: es terreno fértil para la corrupción, la manipulación y el abuso de poder. Donde no hay conocimiento, hay dependencia; y donde hay dependencia, hay dominación.
Hoy pasamos horas frente a pantallas consumiendo contenido vacío, siguiendo tendencias efímeras y opiniones sin sustento. Mientras tanto, los libros esperan, silenciosos, ofreciendo profundidad, criterio y herramientas para pensar. Leer no es una pérdida de tiempo; es una inversión en libertad.
El ser humano es el único ser capaz de escribir y de leer su propia historia. Renunciar a esa capacidad es renunciar a la posibilidad de comprender el mundo y de transformarlo. Quienes no leen terminan viviendo bajo las ideas de quienes sí lo hacen.
Por eso, más allá de la imagen, del simbolismo o de la metáfora, el mensaje es claro y urgente: hay que leer, incluso cuando la vida aprieta, incluso cuando todo parece desbordarse.
Por eso, debemos leer, aunque nos estemos ahogando; pues al final, quien lee no se ahoga: aprende a flotar en un mundo que se hunde.
@oscarborjasant


