Abro los ojos por causa del sonido agudo de mi despertador. Inmediatamente se me llena la cabeza de ruido: pendientes, culpas, comparaciones, una voz que no siempre está de mi lado.
Vuelvo a cerrar los ojos, respiro profundo, doy gracias a Dios por estar vivo y tomo conciencia de la calidad de esos pensamientos. Porque nuestras actitudes y acciones a lo largo del día dependen, en gran medida, de ese diálogo interior con el que comenzamos la jornada.
Casi sin darnos cuenta, vivimos atrapados en una conversación interna que no se detiene y que muchas veces no nos trata bien. Es una voz crítica, dramática, irracional o pesimista, que termina distorsionando la realidad y haciéndonos ver más oscuro lo que no lo es tanto.
Si dejamos que esa narrativa sea la que domine, terminamos centrados en nuestras fallas, temores e injusticias. Nos volvemos más duros con nosotros mismos, más exigentes de lo necesario, siendo menos capaces de reconocer lo que sí estamos haciendo bien. Ahí crecen el estrés, la ansiedad y la baja autoestima.
Por eso, cuando identifico ese tipo de diálogo en mí, procuro detenerme. Hago una pausa consciente y trato de observar lo que estoy pensando. Me pregunto si lo que me estoy diciendo es lógico, real, racional y, sobre todo, si me ayuda a crecer o simplemente me desgasta.
Luego me levanto, voy al baño y, con atención, me hago algunas preguntas que me ayudan a aclarar mi mente y transformar mi manera de pensar:
1. ¿De verdad merezco hablarme así? ¿Tienen sentido las comparaciones que hago? No. Hablarme así no es justo. Nadie crece desde el maltrato, ni siquiera el que viene de uno mismo. Necesito tratarme con más compasión.
2. ¿Todo está mal? ¿Soy una víctima? A veces solo estoy mirando donde duele, y desde ahí todo parece peor de lo que es. Cuando cambio el enfoque, descubro que también hay cosas valiosas, oportunidades y motivos para seguir adelante. Es necesario recordar lo bueno que hay en mi vida y en lo que soy hoy.
3. ¿Es tan dramática la vida? No. Muchas veces estoy exagerando. La emoción amplifica la realidad, pero cuando logro serenarme, empiezo a ver con más claridad y descubro que casi siempre hay alternativas y caminos posibles.
Este ejercicio no cambia mágicamente lo que ocurre afuera. Lo que sí hace es volverme consciente de cómo debo enfrentarlo. Y eso, poco a poco, cambia también mis resultados y mi manera de vivir.
Entonces oro. Agradezco lo que soy, lo que puedo y lo que tengo. Y con una sonrisa decido no creerle a esa voz que me limita. Salgo al día y elijo vivirlo desde el presente y la esperanza.
@Plinero


