Esta semana, una de mis estudiantes me preguntó si, con todo lo que está pasando en el mundo, no sería mejor concentrarnos en nosotros mismos y evitar la ansiedad colectiva que generan tantos acontecimientos trágicos. De esa inquietud se desprenden, al menos, dos preguntas adicionales: una, de carácter epistemológico y psicológico, sobre si es realmente posible abstraerse del mundo; otra, de naturaleza ética, sobre si es moralmente aceptable hacerlo.

No es una duda aislada. Por el contrario, es una de las preguntas más recurrentes de nuestro tiempo, y muchos han intentado responderla desde una versión “pop” del estoicismo que ha ganado terreno en los últimos años, impulsada por libros de autoayuda, podcasts de productividad y citas descontextualizadas de las Meditaciones de Marco Aurelio.

En esta adaptación, pensada para una era de sobrecarga informativa, el mensaje se reduce a una consigna simple: controla lo que depende de ti, ignora lo demás y concéntrate en tu propia vida.

Es probable que esta lectura facilite la vida cotidiana de muchos. Sin embargo, confrontada con la realidad que enfrentamos como sociedad internacional, resulta ser una interpretación empobrecida, cuando no equivocada, de lo que plantearon Séneca, Marco Aurelio y Epicteto.

En la tradición estoica, el deber social no es accesorio, sino constitutivo de la virtud: el estoicismo no se practica a pesar de los otros, sino a través de ellos. Son los roles sociales, lejos de ser obstáculos, los que configuran el terreno mismo del desarrollo personal.

No es casual que fueran los estoicos quienes articularon una de las primeras formulaciones del cosmopolitismo, es decir, la idea de una ciudadanía universal. Y esa noción dista de ser ornamental: encierra una exigencia ética profunda según la cual el sufrimiento de un extraño debe interpelarnos tanto como el de nuestro vecino.

Así, frente a la pregunta inicial, el estoicismo “pop” tiende a justificar el repliegue. Pero una lectura más rigurosa sugiere algo distinto: aunque no podamos controlar los resultados del mundo, sí podemos -y debemos- incidir en nuestra esfera de influencia. Y esa esfera, inevitablemente, incluye a otros. Incluye pensar en el mundo.

Ahora bien, otras perspectivas abordan este dilema de manera más directa. En obras como Los orígenes del totalitarismo, La condición humana y Eichmann en Jerusalén, Hannah Arendt ofrece una respuesta particularmente iluminadora.

Para ella, el espacio público no es un dato natural ni una estructura permanente: es una construcción frágil que solo se sostiene mediante la participación activa de los ciudadanos.

Esto implica que cuando las personas se retiran de lo público -por agotamiento, miedo o indiferencia-, ese espacio no desaparece: es ocupado por otros. Y esos “otros” pueden ser movimientos de masas, intereses privados o burócratas sin rostro. En ausencia de una ciudadanía activa, el espacio público queda fácilmente en manos de quienes tienen poco o ningún compromiso con lo humano.

La respuesta al dilema, entonces, es clara: los ciudadanos debemos mantenernos conectados con el mundo. Porque, como sugiere Arendt, los individuos aislados, replegados en su vida privada y en sus preocupaciones personales, son mucho más vulnerables a la manipulación que aquellos que permanecen vinculados entre sí y atentos a lo común.

@tatidangond