Esta es, sin duda, la peor región del país para decidir ser un therian.

No por falta de libertades. No por ausencia de modernidad. Sino porque en el Caribe colombiano cualquier rareza pasa primero por el filtro de la mamadera de gallo.

Hace unos días una gran amiga, costeña hasta la médula y madre de vieja escuela, escribió en sus redes una frase tan cruel como ingeniosa: “Los therians son el resultado de dar chancletazos con crocs”. La sentencia era breve, pero decía mucho. No hablaba solo de disciplina blanda; hablaba de una generación criada con más validación digital que conversación profunda.

Mientras tanto, en la Plaza de La Paz en Barranquilla, dos jóvenes caminaban en cuatro patas, con cola postiza y orejas peludas. A su alrededor, una rueda perfecta de celulares y carcajadas. No era una comparsa carnavalera. Tampoco un grupo de apoyo. Era la tendencia de los therians aterrizando en la capital mundial de la mamadera de gallo.

Para quien no lo tenga claro: los therians son jóvenes que se identifican espiritualmente con un animal. En plataformas como TikTok o Instagram el fenómeno explotó en comunidades que se validan entre sí.

Aunque parezca una locura, los psicólogos no lo han catalogado como trastorno mental en los manuales diagnósticos. Pero muchos especialistas coinciden en algo más relevante: cuando un adolescente necesita escapar simbólicamente de su identidad humana siguiendo una tendencia de redes sociales, hay una historia emocional que merece atención.

Volviendo al terruño, imagine a un therian entrando al estadio un domingo de Junior. O caminando por el Paseo Bolívar. En el recreo de un colegio. Aquí el algoritmo no te esconde. Aquí el remoquete te lo endilgan en segundos.

El episodio de la Plaza de La Paz terminó como era previsible: risas, grabaciones y hasta una supuesta pelea de “perros” donde alguien gritaba “¡Lulú, ataca!” mientras otro joven quedaba patas arriba. Para la multitud no era una tendencia mundial; era un meme recién parido.

Y es así como nace el perratherian.

Porque si algo es frágil en la adolescencia es la identidad. Y si algo es implacable en nuestras ciudades es el perrateo. Aquí lo diferente no se debate: se bautiza, se exagera y se viraliza.

Pero tal vez la pregunta incómoda no sea qué les pasa a ellos. La pregunta es qué nos pasa a nosotros.

Qué tan inseguros estamos como sociedad que lo distinto nos provoca risa antes que curiosidad. Qué tan poco sabemos acompañar emocionalmente a una generación que creció más frente a una pantalla que frente a una mesa familiar. Qué tan rápido convertimos en circo lo que podría ser síntoma de un trastorno emocional severo con consecuencias lamentables.

Quizás mi amiga tenga razón en su ironía doméstica. Tal vez no fueron los crocs. Pero sí es evidente que algo más profundo está pasando.

Y mientras seguimos riéndonos del que camina en cuatro patas, evitamos preguntarnos por qué hay tantos jóvenes que no quieren caminar en dos.

El problema no es el therian. Tal vez el problema somos nosotros… y el perratherian.

@eortegadelrio