Estoy respondiendo mensajes que me escribieron hace ocho años. Estaba en plena turbulencia por dejar de ser un cura activo. Las ocupaciones, y hasta el miedo, no me habían dejado tiempo para responder antes. Contestar hoy ha sido una experiencia interesante. Algunos me llenan el corazón de ternura y emoción. Otros me hacen sentir algo de vergüenza por no haber respondido a tiempo. También hay algunos que me molestan porque dicen algo que no es cierto.

Mis respuestas también ocasionan reacciones dispares. La mayoría de las personas se alegran al recibir un mensaje de ánimo y fortaleza tantos años después; incluso hacen lecturas espirituales y sienten que ese mensaje es de Dios porque les llegó en un momento en el que necesitaban ese tipo de palabras. No faltan quienes se molestan y me dicen que ya para qué respondo.

Hago el ejercicio porque me gusta tener conciencia de mi ayer, conmoverme por todo lo vivido y decirle algo a quien en algún momento pensó en mí y me comunicó su sentir. No es un simple ejercicio de nostalgia, sino una comprobación de lo que he sido capaz de superar y aprender. Por ejemplo, algunos mensajes comentan mi decisión de no ejercer más el presbiterado, y veo que eso ha quedado muy lejos en el pasado; lo vivido desde entonces ha sido muy positivo.

A veces me abruma el futuro con sus grandes interrogantes y me hace dudar de mis capacidades. Me da miedo que no todo me salga bien y verme enfrentado a adversidades demasiado fuertes. Por eso, mirar al pasado y reconocer cómo, aun atravesando las situaciones más duras, enfrentando gigantes —que a veces no son más que molinos de viento— y siendo herido, he podido seguir adelante hasta llegar a este momento, se vuelve fuente de ánimo y motivación.

No puedo negar que la incertidumbre me genera inquietud. Por eso me gusta volver a ver películas que ya he disfrutado, solo porque sé qué va a pasar. Pero también he aprendido que ese no saber tiene su valor, porque nos da la posibilidad de buenas y agradables sorpresas.

¿Qué tal si supiera que mañana voy a morir? Seguro dejaría de hacer algunos planes y de dejarme acariciar por los sueños que tengo proyectados. El no saber cuándo voy a morir se convierte en una buena noticia, porque me permite vivir con alegría cada día y disfrutar cada instante con la ilusión de todo lo que aún puedo lograr.

No puedo sucumbir a la nostalgia ni quedarme atrapado en el ayer, pero tampoco puedo dejar que la ansiedad del mañana me lleve a actuar de manera equivocada. Es necesario descubrir el valor de cada momento. No sé qué vendrá, pero sé quién soy: y eso me basta para caminar.

@Plinero