No todo espectáculo debe ser un manifiesto, ni toda expresión artística necesita cargar con un mensaje político para justificar su existencia. La mayor parte de la música, del cine o del deporte cumple —y cumple bien— su función elemental: entretener.
Sin embargo, en ciertos contextos, tendemos a sobreinterpretar algunas actuaciones y a atribuirles un valor moral o ideológico excesivo que no siempre está ahí.
Algo de eso ocurrió con la participación de Bad Bunny en la presentación del medio tiempo del Super Bowl. Incluso antes de que el evento tuviera lugar, la anticipación y la expectativa ya habían cargado su presencia de un significado que iba más allá de lo musical.
Ese gesto fue leído de antemano como un desafío cultural o una provocación deliberada, de modo que las reacciones posteriores —entusiasmo desmedido o rechazo frontal— fueron previsibles.
Una cosa es la carga simbólica que los espectadores quieren proyectar sobre un evento y otra, muy distinta, lo que efectivamente puede ofrecer el artista que lo protagoniza. Bad Bunny es eficaz dentro de su género, un fenómeno cultural indiscutible y un producto inteligentemente construido.
Es popular, interpreta ritmos pegajosos que invitan al baile y vende mucho, pero nada de eso lo convierte en un pensador audaz ni en un referente político. Su presencia en el Super Bowl fue, ante todo, parte de una estrategia de visibilidad calculada por la propia NFL, una organización que entiende esos escenarios como una vitrina comercial y cultural orientada a maximizar audiencias.
Confundir ese alcance con activismo no solo sobredimensiona el gesto, sino que puede empobrecer la discusión sobre lo que realmente significa intervenir en el debate público.
Esa tentación de convertir esos actos artísticos en epifanía moral no es nueva, pero da la impresión de haberse intensificado últimamente, impulsada por el aumento de las posiciones extremas que no dejan espacio para los matices.
En ese contexto, la exigencia de que el arte «diga algo» resulta tan injusta como improductiva, porque confunde las expresiones con consignas, reemplaza la reflexión por reacciones inmediatas y, en no pocos casos, termina profundizando las divisiones.
Conviene, entonces, bajarle un poco a la búsqueda de interpretaciones y mensajes, celebrar el espectáculo si se quiere, criticarlo si hace falta, pero sin exigirle más. La música no está obligada a derivar en programa político, ni los artistas en referentes morales de su tiempo.
A veces, simplemente cumple su función cuando se escucha sin mayores pretensiones. Basta con subirle el volumen y disfrutarla, sea Taylor Swift o King Crimson, Leonard Cohen o Bad Bunny.
moreno.slagter@yahoo.com


