Son las 4:00 a. m. El despertador suena y sé que me tengo que levantar para arreglarme e irme al canal. El frío es intenso y preferiría quedarme en la tibieza edénica de mi cama, arrunchado con Alcy. Pero es necesario levantarse, y lo hago de una. Sabiendo que entre más me demore en hacerlo, más posibilidades hay de que no me levante o de que llegue tarde a mi trabajo. Es mi primer triunfo del día.
Hago oración e inmediatamente rebusco en mi ser situaciones que me llenen de alegría y me hagan iniciar con la mejor actitud. No quiero vivir los días desde lo que me falta sino desde lo que tengo. Estoy seguro de que el combustible de la optimización es la alegría, que no es euforia constante sino el fruto de la decisión de gozarse cada una de las experiencias que tenemos.
Cuando me aproximo al clóset a elegir mi ropa elijo la más colorida. Quisiera que ella fuera expresión del gozo que tengo dentro. No me interesa mucho la etiqueta ni las combinaciones. Aprendí que ser auténtico es lo más importante. Me importa muy poco lo que los otros digan de la ropa que uso. Conozco tanta gente que expresa con su vestimenta la tristeza y la amargura que tienen dentro. Yo quiero vivir en un carnaval constante.
Al bajar en el ascensor me encuentro con el portero, al que no solo le agradezco lo que hace y le deseo lo mejor, sino que le mamo gallo y lo hago reír. Es que aprendí que la alegría que se comparte se multiplica. Me subo al taxi con una sonrisa que busca iluminar el momento del conductor, que, aunque no conozco, merece siempre lo mejor.
Releo la estructura de mi reflexión espiritual en el canal para tener las palabras más sencillas. Detesto el lenguaje rebuscado que trata de esconder que no se ha entendido lo que se quiere decir. Soy feliz cuando algún intelectual, escondido tras su superioridad, me dice que soy muy sencillo y simple. Si él supiera que ese es mi objetivo.
Vuelvo a orar porque creo en el poder de Dios y sé que actúa en las habilidades que Él, a través de la genética, de la crianza y de la formación, me dio.
Lo demás es diversión. Aunque haya errores, equivocaciones o gente que quiera quitarme la posibilidad de reírme, batallo por disfrutarlo todo. Porque sé que pronto ese minuto que vivo será un recuerdo y quiero que sea el mejor posible.
En Blu Radio hago siempre lo mismo. Entro, saludo a todos, le hago algún chiste de primaria a Ricardo Orrego con la complicidad de Ricardo Ospina, grabo las reflexiones de Visual Radio y participo de #MañanasBlu.
Así transcurre el día. Y al final entiendo que lo único verdaderamente mío es cómo decido vivirlo.








