Contra todos los pronósticos, Donald Trump y Gustavo Petro lograron en la Casa Blanca lo que durante meses parecía inviable: conversar como jefes de Estado, en vez de enfrentarse como enemigos irreconciliables en la frenética tribuna de las redes sociales. Su reunión del martes, cordial, positiva, sin estridencias ni humillaciones, es decir, políticamente correcta, no borró sus diferencias ideológicas, pero sí recompuso una relación que había caído en una espiral de descalificaciones personales y choques retóricos con costos reales para Colombia.
Ahora que pasó el temblor, vale la pena detenerse en las lecciones de una cita que, por el bien del país, salió adelante. Preparación y trabajo en equipo fueron fundamentales. Su estratega, el embajador Daniel García-Peña, la estructuró bajo los pilares de la diplomacia eficaz, el respeto mutuo, la defensa de la soberanía e institucionalidad democrática y la previa delimitación de líneas rojas. Asuntos sin posibilidad de acuerdo quedaron por fuera.
Hábilmente la comitiva colombiana acertó con estudiados detalles que le dieron en la vena del gusto al ególatra magnate, pero la clave estuvo en poner sobre la mesa cuestiones que captaron su interés, como el combate contra los líderes del narcotráfico global o las nuevas oportunidades de negocio orientadas a asegurar la estabilización energética de Venezuela.
Ese giro temático, sustentado en decirle a Trump lo que quería escuchar, facilitó un diálogo pragmático entre dos hombres que tienen mucho más en común de lo que ellos piensan. Y entre guiños y sonrisas, la reunión transcurrió como una elegía moderna del mutuo elogio: Petro defendió su enfoque de sustitución de cultivos, eje central de la política antidrogas; Trump avaló reforzar su cooperación en inteligencia para adelantar operaciones conjuntas.
No sobra señalar que este ambiente de paz diplomática no habría sido posible sin un hecho que cambió el tablero geopolítico del vecindario: la captura del dictador Nicolás Maduro por Estados Unidos. Luego de ese episodio, ad portas de una nueva crisis, se produjo el primer contacto telefónico Petro-Trump que allanó el camino de su encuentro. En cuestión de días, Venezuela pasó de ser un foco de fricción a un terreno de potencial cooperación bilateral, con Colombia ofreciendo los buenos oficios de Ecopetrol para reactivar su sector energético, un asunto crucial que el republicano valoró desde su usual lógica transaccional.
La lectura pragmática de intereses compartidos en torno a la estabilidad económica de nuestro vecino exige revisar las sanciones de Washington contra Caracas, algo que se hará más temprano que tarde. Si finalmente se levantan, la suerte de la empresa Monómeros, con sede en Barranquilla, puede cambiar. También la del propio Petro, la de su esposa, primogénito y su ministro del Interior, todos incluidos en la Lista Clinton. Ahora que el clima de la relación bilateral se despejó, cobra fuerza la posibilidad de que sean retirados de allí.
¿Cuándo será eso? Aún está por verse, aunque algunas voces estiman que la decisión habría quedado atada al devenir de las elecciones presidenciales, en las que Petro tiene candidato propio, Iván Cepeda, y EE. UU., como ha sido siempre, se guarda un as bajo la manga. Así que, pese a salir premiado con sus gorras rojas marca MAGA, con la impronta de Trump, “Make America Great Again”, que el mandatario colombiano rebautizó “Make Americas Great Again”, nada está garantizado en una relación sometida a picos de estrés constantes.
Y no solo por cuenta de las impulsivas reacciones de este par, también por la gobernanza criminal que se acordó combatir tras el fracaso de la paz total. El ELN mató a dos escoltas del senador Jairo Castellanos en un ataque contra su caravana en Arauca, luego del primer bombardeo del Gobierno contra uno de sus campamentos. Y el Clan del Golfo se levantó de la mesa después de conocer que la estrategia de seguridad con EE. UU., para desmontar refugios de narcos y cercar a criminales transnacionales incluye a su jefe, ‘Chiquito Malo’.
Para Petro, además, el efecto interno es importante. La imagen de ser un interlocutor válido en Washington desactiva el relato de aislamiento internacional o de terminar como Maduro y fortalece su posición en clave electoral. No hubo giro ideológico. Eso era absurdo. Lo que hubo fue realismo. Y, a decir verdad, en política exterior, a veces eso basta para empezar de nuevo. ¿Cuánto durará? Difícil saberlo.
Cada quien es dueño de lo que calla y esclavo de lo que dice. Y ambos mandatarios, cortados en las formas por la misma tijera, no conocen que la prudencia hace verdaderos sabios. Crucemos los dedos para que la paz diplomática siga siendo el hilo conductor de una relación bilateral que, por fin, ya empezó a encauzarse.







